PARTE 2
Franco cerró la puerta con llave y extendió la mano.
—Dame el teléfono, Emiliano.
El niño retrocedió hasta chocar con la cama.
—Solo estaba jugando.
Franco le arrebató el aparato. El mensaje aparecía como enviado, aunque todavía no mostraba confirmación de lectura. Su rostro se endureció.
—¿Qué le mandaste a tu mamá?
Emiliano guardó silencio.
Franco borró la conversación, apagó el teléfono y se lo metió al bolsillo.
—Prepara una mochila. Mañana salimos temprano. Si haces un escándalo, tu mamá pagará las consecuencias.
Mientras tanto, en el hospital de Tepic, Valentina alcanzó a ver el mensaje de su hijo antes de que desapareciera por la sincronización de la cuenta familiar. Sin embargo, el audio ya se había descargado.
Se puso los audífonos. Al escuchar a Franco hablar de vender bienes, arruinarla y enviar a Emiliano lejos, sintió que las piernas le fallaban. No lloró. Se apoyó en la pared y reprodujo la grabación completa.
Entonces recibió otro mensaje:
“No regreses. Ya vendí la camioneta y entregué la casa. Emiliano estará en un internado. No intentes buscarnos”.
Después Franco la bloqueó.
Doña Carmen la vio entrar al cuarto con el rostro pálido.
—¿Qué pasó, hija?
—Franco acaba de intentar borrarnos de nuestra propia vida.
Valentina llamó a Ramón Cárdenas, un antiguo compañero de universidad que ahora era abogado. Le envió el audio, las capturas y las escrituras. Ramón detectó algo que Franco ignoraba: la casa no era un bien conyugal. Doña Carmen se la había donado a Valentina antes del matrimonio, con una cláusula que impedía venderla sin autorización.
—No puede transferirla legalmente —explicó Ramón—. Pero quizá recibió un anticipo con documentos falsos. Pediremos protección para Emiliano y el bloqueo de movimientos sospechosos.
El banco confirmó que Franco había intentado transferir dos millones de pesos de una cuenta que requería doble firma. También solicitó un crédito con papeles alterados.
La fiscalía actuó por las amenazas contra el menor. Sin embargo, cuando la policía llegó a la casa, no encontró a nadie.
Franco, Isabela y Emiliano ya iban por carretera.
El niño estaba atrás, abrazado a su mochila. Franco había olvidado que su teléfono compartía ubicación con la tableta de Valentina. La señal apareció unos segundos cerca de la salida a Colima y se apagó.
—Van hacia la costa —dijo Ramón—. Tal vez intenten volar desde Manzanillo.
Valentina recordó que Franco hablaba desde hacía meses de comenzar una vida en Panamá. Ella siempre creyó que era una fantasía.
La policía instaló un retén, pero Franco tomó una carretera secundaria. Isabela comenzó a discutir.
—Dijiste que todo estaba arreglado. No terminaré en la cárcel por tu hijo.
—En unas horas estaremos fuera del país.
Emiliano no dijo nada. Dentro de su mochila llevaba un reloj infantil que también enviaba ubicación. Franco no lo sabía.
A las once de la noche, la señal se detuvo en un motel a las afueras de Cihuatlán.
La policía rodeó el lugar. Valentina llegó con Ramón y una agente de protección infantil. Cuando se acercaron a la habitación, escucharon un golpe, el llanto de Emiliano y la voz de Franco:
—¡Si abren esa puerta, nadie se lleva al niño!
Entonces Valentina oyó a su hijo pedir ayuda.
Y lo que encontraron dentro cambiaría para siempre la historia de toda la familia…