PARTE 2
A las 7:00 de la mañana, Mateo despertó a Emiliano y le dijo que irían a pescar. Rebeca fingió sorpresa, aunque ella misma había sugerido el viaje.
—Quédense hasta el domingo —dijo mientras preparaba una mochila.
Mateo sostuvo su mirada.
—Tal vez sea nuestra última oportunidad.
La avioneta amarilla despegó poco después. Emiliano iba emocionado, con su chamarra roja y una libreta llena de dibujos. No sabía que su madre había enviado un mensaje a Ramiro apenas los vio desaparecer: “Ya están solos”.
Al llegar, Mateo convirtió el miedo en un juego. Detrás de la alacena le mostró una habitación reforzada con agua, comida, aire independiente, una radio y pantallas conectadas a cámaras.
—Es nuestro fuerte secreto. Si escuchas 3 golpes, entras con Bruno, cierras y no sales hasta que yo te diga.
—¿Es por los hombres del hangar? —preguntó Emiliano.
Mateo sintió un golpe en el pecho.
—Sí.
—Mamá dijo que era un juego.
—Tu mamá mintió.
El niño guardó silencio.
—¿Mamá quiere hacernos daño?
Mateo se arrodilló frente a él.
—Yo no permitiré que nadie te haga daño. Ni siquiera alguien de nuestra familia.
En la ladera opuesta, la comandante federal Lucía Ortega y 8 agentes instalaron vigilancia. Lucía había trabajado con Mateo años atrás y llevaba 18 meses investigando a Ramiro. Tenía escuchas y rutas, pero necesitaba sorprender a su gente durante una operación real.
—No conviertas esto en venganza —advirtió por radio.
—Vine por pruebas —respondió Mateo.
Esa noche, Emiliano durmió en el cuarto seguro abrazado a Bruno. Mateo recordó 9 años de matrimonio: el llanto de Rebeca cuando nació el niño, los festivales escolares, las tardes que parecían felices. Lo más doloroso era no saber qué parte había sido verdadera.
A las 5:38, 2 camionetas aparecieron en el camino. Siete hombres bajaron con herramientas, combustible y cámaras para documentar el supuesto accidente.
La cabaña no era una trampa mortal, sino un espacio de control: puertas reforzadas, accesos bloqueables, cámaras ocultas y luces que desorientaban. El primer grupo entró por la cocina y quedó encerrado. Otro intentó avanzar por la parte trasera y fue atrapado entre 2 rejas. Sus radios dejaron de funcionar.
Julián Mena, jefe del grupo, entendió demasiado tarde.
—Nos estaban esperando.
La voz de Mateo sonó por los altavoces.
—Todo está grabado. La autoridad rodea la montaña. Suelten las armas y digan quién los envió.
Uno disparó contra una cámara; el rebote lo hirió en el hombro. Los demás se tiraron al suelo.
Julián levantó las manos.
—Fue Ramiro Cárdenas.
—¿Y Rebeca?
—Ella eligió el día. Dijo que el niño hablaría y que tú morirías con él.
Lucía ordenó entrar. Los agentes detuvieron a los 7 hombres. En minutos, Julián entregó nombres, pistas clandestinas y el lugar donde retenían al hombre que Emiliano había visto.
Ramiro intentó escapar en su avioneta, pero su propio piloto había entregado las llaves y los registros a la Guardia Nacional al descubrir que querían matar a un niño. Lo arrestaron en el muelle.
Al anochecer, Mateo volvió a casa. Rebeca esperaba junto al teléfono, convencida de que pronto sería viuda y dejaría de ser madre.
Él puso 2 tazas de café y una carpeta sobre la mesa. En la portada había una palabra: Niebla.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, pálida.
—La razón por la que tu familia cometió el peor error de su vida.
Mateo reprodujo la llamada en la que Rebeca ordenaba el asesinato de Emiliano.
Cuando ella escuchó su propia voz decir “dormirá profundamente”, la puerta se abrió detrás de ella.