—Nadie vuelve a tratar a mi esposa como sirvienta en esta casa.
Eso fue lo que dije frente a mis tres hermanas y mi madre, a las diez de la noche, mientras mi esposa, embarazada de ocho meses, seguía lavando platos sola en la cocina.
Me llamo Diego Ramírez, tengo treinta y cinco años y vivo en Guadalajara, en una casa que heredé de mi papá. Durante años pensé que ser buen hijo significaba no discutir, no levantar la voz y dejar que mi mamá y mis hermanas decidieran casi todo.
Después de que mi papá murió, doña Carmen, mi madre, se volvió el centro de la familia. Mis hermanas, Mariana, Lucía y Paola, siempre estuvieron encima de mí, cuidándome, corrigiéndome, diciéndome qué hacer.