PARTE 1
“Suite presidencial. Y que nadie nos moleste.”
Arturo Ledesma colocó su tarjeta negra sobre el mostrador de mármol del Gran Hotel Alvarado como si el dinero por sí solo pudiera comprar silencio, lealtad y respeto.
La mujer que estaba a su lado no era su esposa.
Camila Ríos sonreía radiante, sosteniendo el bolso de diseñador que Arturo le había regalado dos semanas antes. Era joven, elegante y claramente impresionada por las lámparas de araña, las flores frescas, los pisos pulidos y el ambiente lujoso del hotel.
A Arturo le gustaba esa expresión en su rostro.
Le gustaba sentirse poderoso.
Esa mañana, antes de salir de su casa en Lomas de Chapultepec, había besado a su esposa, Mariana Alvarado, en la frente y le había dicho que volaba a Monterrey para reuniones con inversionistas.
Mariana solo preguntó con calma: “¿Monterrey otra vez?”.
“Son negocios”, respondió él, mirando su reloj. “No me esperes despierta”.
“No lo haré”, dijo ella.
Arturo no se percató del peso de sus palabras.
Tras trece años de matrimonio, creía conocer a Mariana. Tranquila. Elegante. Útil en cenas formales. Perfecta en las fotos familiares. Una mujer que nunca lo desafió.
Al caer la tarde, Arturo se registraba en el mismo hotel donde su traición comenzaría a desmoronarse.
No se fijó en la letra A grabada en las puertas del ascensor.
No la vio en los uniformes del personal.
No observó con atención el retrato de Don Efraín Alvarado, el fundador del hotel, que colgaba orgullosamente en el vestíbulo.