Esa mañana caía una lluvia fina y desagradable. Salí de mi apartamento con el collar en el bolsillo del abrigo y la sensación de estar traicionando a la única persona que nunca me hizo merecedora de amor. Di dos vueltas en el camino. Una en la escalera, otra en la parada. La tercera vez, subí al tranvía, agarrando la caja con tanta fuerza que el cierre de metal me dejó una marca en la mano.
La casa de empeños de la calle Grójecka parecía como si el tiempo se hubiera detenido allí en 2004. Luz amarilla, un mostrador viejo, tras el cristal relojes, anillos, teléfonos, consolas, una cámara con la lente rota. Una campanilla sobre la puerta tintineaba.
Un hombre de unos sesenta años estaba sentado detrás del mostrador. Cabello gris, gafas de montura fina y un suéter con una manga desgastada. No parecía alguien que se enriqueciera a costa de las desgracias ajenas. Más bien parecía un antiguo profesor de matemáticas que, por casualidad, había entrado en una casa de empeños y se había quedado allí veinte años.
—Buenos días —dije.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
Saqué la caja.
—Me gustaría… tasar el collar.
La palabra «vender» se me escapó de los labios.
El hombre señaló el mostrador.
—Por favor, déjelo.