LLEVABA MESES MOLESTA PORQUE EL ANCIANO DE AL LADO DEJABA QUE SUS ENORMES PLANTAS LLENARAN MI ENTRADA DE HOJAS SECAS. AYER ENTRÉ A RECLAMARLE PORQUE SU PERRO NO PARABA DE LLORAR.

Todos los miércoles por la tarde llevaba dos tazas de café al porche de don Samuel y nos sentábamos a conversar mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de las casas del barrio.

Al principio las conversaciones eran sencillas.

Hablábamos de las plantas.

Del clima.

De los vecinos.

De las noticias.

Pero poco a poco empezó a contarme historias de su vida.

Y descubrí algo que me hizo sentir todavía peor por la manera en que lo había juzgado durante tantos meses.

Don Samuel había sido maestro de escuela durante más de cuarenta años.

Había enseñado a leer a generaciones enteras de niños del barrio.

Muchos de los adultos que ahora caminaban por nuestras calles habían aprendido sus primeras letras sentado frente a él en un salón de clases.

Sin embargo, después de jubilarse y perder a su esposa Elena, el mundo pareció olvidarse de su existencia.

Una tarde me mostró una vieja fotografía.

En ella aparecía una mujer sonriente sosteniendo una pequeña maceta de bugambilias.

—Ella las plantó el primer año que vivimos aquí —me dijo.
Tomó la foto entre sus manos con una ternura que me rompió el corazón.

—Siempre decía que cuando las flores crecieran, nuestra casa nunca volvería a sentirse sola.

Guardé silencio.

Porque de pronto entendí algo.

Las plantas nunca habían sido el problema.

Las plantas eran el recuerdo vivo de la persona que más había amado.

Las semanas se convirtieron en meses.

Poco a poco otros vecinos comenzaron a unirse.

Algunas tardes aparecía la señora Marta con pan recién horneado.

Otras veces llegaban dos muchachos del taller mecánico para ayudar a regar el jardín.

Incluso varios niños del barrio empezaron a pasar por su casa para escuchar sus historias.

Por primera vez en mucho tiempo, el porche de don Samuel volvió a llenarse de risas.
Y él parecía rejuvenecer un poco cada semana.

Hasta que una tarde ocurrió algo que jamás olvidaré.

Era casi otoño.

Las bugambilias estaban más hermosas que nunca.

Don Samuel me pidió que lo ayudara a sacar una vieja caja de madera del armario.

Dentro había decenas de cuadernos.

Álbumes de fotos.

Cartas.

Y recortes de periódicos.

Pasamos horas revisándolos.

Entonces encontré un sobre amarillento con mi nombre escrito al frente.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es esto?

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