Para cuando entré al comedor privado del Rosewood Grill, todos ya reían como si la velada hubiera comenzado sin mí.
Mi prima Emily estaba junto a los grandes ventanales, luciendo su anillo de compromiso, mientras su prometido, Brandon, estrechaba la mano de todos los tíos que tenían barco y de todas las tías que se comportaban como si hubieran inventado el matrimonio. El ambiente olía a bistec, perfume caro y a gente adinerada. Mi madre, Carol, me vio enseguida.
«Aquí estás, Sophie», dijo con una sonrisa tan forzada que casi se le resquebrajaba. «Llegas tarde».
«Llego seis minutos tarde. Vengo directamente del trabajo».