PARTE 3
—¿Él es nuestro papá?
La pregunta de Regina cayó en el taller como un golpe seco.
Camila abrió la boca, pero no pudo mentir. No esta vez. No frente a esas 3 niñas que la miraban con los mismos ojos grises con los que ella había aprendido a esconder el miedo.
Elías permaneció quieto. Tenía las manos manchadas de polvo de madera, la camisa vieja, el rostro cansado. No parecía un hombre preparado para recibir 3 hijas en una sola noche. Pero tampoco parecía dispuesto a huir.
Lucía miró los pedazos del cheque.
—¿Le estabas pagando para que no nos viera?
Camila se llevó una mano al pecho.
—Lucía…
—Eso significa que sí —dijo la niña.
Valentina, la más callada, dio un paso hacia Elías.
—¿Usted sabía de nosotras?
Elías se agachó despacio hasta quedar a su altura. Su voz salió ronca.
—No. Si lo hubiera sabido, habría intentado encontrarlas.
Regina observó su tatuaje.
—Mamá dijo que algunas personas se acercan por dinero.
—Tu mamá tenía miedo —respondió Elías—. Pero yo no vine por dinero.
—Rompiste el cheque —dijo Lucía.
—Sí.
—Era mucho dinero.
—Sí.
—Entonces eres mal inversionista.
Elías soltó una risa breve, triste.
—Probablemente.
Mateo apareció en la puerta del cuartito, despeinado, con su dinosaurio en la mano.
—Papá, ¿por qué hay niñas iguales en la casa?
Nadie supo qué decir.
Valentina lo miró con curiosidad.
—¿Tú eres Mateo?
—Sí. ¿Ustedes son espías?
Lucía frunció el ceño.
—No.
—Parecen espías ricas.
Por primera vez, Regina casi sonrió.
Camila dio un paso hacia sus hijas, pero Regina retrocedió. Ese gesto la destrozó más que cualquier insulto.
—Yo solo quería protegerlas —dijo Camila con la voz rota.
—Nos mentiste —respondió Regina.
—Sí.
La palabra salió apenas audible.
Camila se sentó en una silla vieja del taller, sin importarle que tuviera polvo. Sus manos temblaban sobre las rodillas.
—Cuando nacieron, yo estaba sola. Tenía miedo de que me las quitaran, miedo de que mi familia usara a su padre para atacarme, miedo de que ustedes crecieran rodeadas de gente que solo quería algo de nosotras. Me equivoqué. Creí que si controlaba todo, nada podía hacerles daño.
Elías la miró en silencio.
Camila respiró con dificultad.
—Pero terminé haciendo daño yo.
Las niñas no corrieron a abrazarla. Eso fue lo más doloroso. Se quedaron quietas, intentando entender que su madre, la mujer que siempre parecía invencible, también podía estar equivocada.
Elías se levantó.
—No vamos a resolver 7 años en una noche.
Camila lo miró, esperando un ataque.
Pero él solo tomó un pedazo de madera de cerezo de la mesa.
—Yo no quiero una guerra. No quiero salir en periódicos. No quiero quitarte a las niñas. Pero tampoco voy a aceptar que me borres otra vez.
Regina levantó la barbilla.
—¿Entonces qué va a pasar?
Elías pensó en su taller, en la renta, en Mateo, en los abogados que Camila podía pagar sin pestañear. Pensó en las 3 niñas frente a él, tan bien vestidas y tan perdidas.
—Vamos a empezar con la verdad —dijo—. Y luego con tiempo.
Camila cerró los ojos. Una lágrima bajó por su mejilla.
—Mañana llamaré a mi abogada. No para pelear. Para hacer las cosas bien.
—Y yo buscaré asesoría —respondió Elías—. Porque ser pobre no significa firmar lo que me pongas enfrente.
Camila asintió. Por primera vez, no discutió.
Mateo se acercó a las trillizas.
—¿Quieren ver mi dinosaurio? No es caro, pero ruge si le pegas aquí.
Valentina tomó el juguete con cuidado.