Jimena no permitió que Rodrigo dijera una palabra más esa noche.
No quería darle el gusto de lastimarla frente a todos otra vez. Los agentes lo sacaron esposado mientras Aurora gritaba que conocía magistrados, empresarios y gente poderosa. Pero nadie la escuchó.
Brenda huyó del departamento con el vestido manchado de vino y la vergüenza pegada al cuerpo.
Jimena se quedó en medio del comedor, rodeada de platos rotos, copas tiradas y una vida entera que acababa de revelarse como mentira.
Rebeca la abrazó.
—Ya terminó.
Pero Jimena supo que no era cierto.
El divorcio fue rápido.
Rodrigo no pudo pelear el departamento porque había firmado el convenio preparado por Rebeca. Tampoco pudo negar el fraude: las facturas falsas tenían su firma, los correos salieron de su cuenta y las transferencias terminaban en cuentas relacionadas con Aurora.
Fue sentenciado a prisión.
Aurora evitó la cárcel al declarar contra su propio hijo, pero perdió su casa, sus amistades y esa imagen de dama elegante que tanto cuidaba. Las mismas mujeres que antes la invitaban a desayunos en Polanco dejaron de contestarle el teléfono.
Brenda desapareció durante meses.
Jimena supo después que tuvo un niño llamado Leo. Rodrigo no pudo conocerlo recién nacido porque ya estaba preso.
Ella vendió el departamento de la Roma Norte. No quería dormir entre paredes que habían escuchado tanta traición.
También dejó de esconder su apellido. Entró al Grupo Luján como directora de operaciones y se volvió una mujer fuerte, quizá demasiado.
Durante años, si un hombre le sonreía, ella buscaba el precio oculto detrás de esa sonrisa. Si alguien era amable, se preguntaba qué quería quitarle. Si alguien decía “te quiero”, ella escuchaba “te necesito”.
Hasta que conoció a Daniel.
Daniel era arquitecto, hijo de una maestra de secundaria y un mecánico de Toluca. Lo conoció en una gala para recaudar fondos para hospitales infantiles. Jimena estaba junto a una columna, fingiendo revisar correos para evitar conversaciones vacías.
—Tienes cara de que preferirías una endodoncia antes que seguir aquí —dijo él.
Jimena lo miró, lista para contestar con frialdad.
—Depende. Una endodoncia al menos tiene un propósito claro.
Daniel soltó una carcajada tan honesta que ella se quedó sin defensa.
No le preguntó por su empresa, no miró su reloj, no intentó impresionarla. Le habló de casas con luz natural, de mercados, de edificios viejos y de cómo un hogar debía tener una cocina donde la gente pudiera sentarse a hablar sin prisa.
Le cayó bien, aunque ella no quería que le cayera bien.
Pasaron 8 meses antes de que Jimena se atreviera a confiar.
Cuando Daniel descubrió quién era su padre, no se emocionó. Se preocupó.
—Perfecto —dijo—. Ahora todos van a pensar que soy otro vividor.
—¿Y eso te importa?
—Me importa no saber qué regalarle de cumpleaños a una mujer que podría comprar medio país.
En su cumpleaños, Daniel le regaló una banca de madera hecha por él. Estaba un poco chueca, pesaba demasiado y era perfectamente imperfecta.
Jimena la puso en su jardín como si fuera una joya.
Se casaron 3 años después. Daniel insistió en firmar capitulaciones matrimoniales antes de que ella lo mencionara.
—Yo llegué con mis planos, mi camioneta vieja y mi cara —dijo—. Eso mismo me llevo si un día dejo de merecer tu corazón.
Con Daniel, Jimena tuvo una hija, Valentina, y después un hijo, Mateo.
Su vida se llenó de desayunos quemados, tareas escolares, perros mojados, juguetes en la sala y risas en la cocina. Una vida imperfecta, ruidosa y real.
Entonces, 5 años después del divorcio, Aurora apareció en el lobby del edificio corporativo.
Jimena casi no la reconoció.
Ya no había tacones plateados ni perfume caro. Tenía el cabello gris mal peinado, una bolsa gastada y los ojos hundidos.
—Jimena —dijo con la voz rota—. Vengo a suplicarte ayuda.
Jimena pensó que pediría dinero. Estaba lista para negarse.