Reaccionan con cautela, ofreciendo poco, lo suficiente para demostrar voluntad de cooperar, pero no lo suficiente para condenar a los demás. Pasan los días en la fría celda hasta que finalmente se toma una decisión: un traslado. No lo envían inmediatamente a los campos de concentración de Bookenwald o Saxenhausen, donde son enviados muchos hombres acusados de homosexualidad.
Su expediente aún está en análisis. Lo llevan a un edificio requisado, un antiguo hotel convertido en centro de detención provisional. Al bajar las estrechas escaleras al sótano, Gabriel siente que el aire se vuelve más frío y denso. Aún quedan restos de ornamentación en las paredes, ahora pintadas de gris. Un pasillo con varias puertas metálicas se extiende ante él.
Un guardia abre una y lo empuja adentro. Otro hombre ya está allí. Sentado en un sofá de hierro, levanta la vista, cansado pero alerta, y pregunta: “¿Cuánto tiempo ha pasado?”. Gabriel responde: “Unos días”. El hombre asiente y susurra: “¿Así que todavía estás al principio?”. Gabriel aún no comprende lo que eso significa, pero en ese oscuro sótano bajo la bulliciosa capital, algo acaba de suceder, y no sabe cuánto cambiará este comienzo el resto de su vida.