PARTE 1
“¡Esa muchacha robó el collar de mi familia!”
El grito de Ximena de la Garza cortó la música del mariachi como un cuchillo. La charola que Valeria sostenía se le resbaló de las manos y los caballitos de tequila estallaron contra el mármol del salón principal.
Ochenta invitados voltearon a verla.
En segundos, la joven empleada dejó de ser invisible.
Valeria tenía veinticuatro años, venía de Oaxaca y llevaba cuatro meses trabajando en la mansión De la Garza, en Lomas de Chapultepec. Limpiaba pisos, servía cenas y bajaba la mirada cuando alguien de la familia pasaba junto a ella.
Pero esa noche llevaba, debajo del uniforme blanco, un dije antiguo de esmeralda con marco de oro.
“¿De dónde sacaste eso?”, preguntó Ximena, acercándose con una sonrisa venenosa. “¿Ahora las criadas nacen con joyas italianas?”
Algunos invitados fingieron incomodidad. Otros sacaron el celular.
Valeria se tocó el collar con manos temblorosas.
“No lo robé”, dijo. “Es mío desde niña. Me lo dio Sor Inés, en el orfanato.”
Doña Elena de la Garza, la dueña de la casa, se había quedado inmóvil.
No parecía furiosa.
Parecía aterrada.
Porque ese dije era idéntico al que, veinticuatro años atrás, había sido enterrado con su hija muerta.
La fiesta era su cumpleaños. Había flores carísimas, empresarios, políticos, esposas enjoyadas y fotógrafos listos para retratar la vida perfecta de una familia que llevaba décadas ocultando grietas.
Elena se abrió paso entre los invitados.
“Repítelo”, le pidió a Valeria, con la voz rota. “¿Quién te dio ese collar?”
“Sor Inés”, respondió ella. “Me dijo que si un día encontraba el otro dije igual, iba a entender por qué toda mi vida había sido una mentira.”