PARTE 2
—Mamá, por favor —susurró Andrés—. Estás humillándonos frente a todos.
Elena lo miró de arriba abajo. El traje caro, el anillo brillante, el sudor junto a la sien.
—Te humillaste solo cuando regalaste una casa que no era tuya.
Valeria apretó el ramo con tanta fuerza que varias flores blancas se doblaron.
—Usted está exagerando. Mi papá solo va a guardar unas cosas.
—¿Con camiones de mudanza?
Nadie respondió.
El jefe de seguridad del hotel se acercó a Elena.
—Señora Robles, ya estamos comunicándonos con la caseta de su hacienda.
Elena asintió.
—Ponga la llamada en altavoz.
Andrés abrió la boca para impedirlo, pero ya era tarde.
La voz de Tomás, el encargado de seguridad de Los Encinos, salió firme aunque tensa.
—Señora Elena, hay 3 camionetas y 1 camión de mudanza en la entrada sur. Dicen que don Andrés autorizó el acceso. Traen colchones, cajas y muebles. También intentaron usar unas llaves.
Un murmullo recorrió el salón completo.
Valeria miró a Andrés con furia.
—¿Por qué no les abriste bien todo desde antes? —le soltó, olvidando que medio salón la escuchaba.
Andrés se quedó congelado.
Elena cerró los ojos un instante. No por debilidad, sino para no gritar.
—Tomás —dijo—, nadie entra. Nadie toca la reja. Graben todo. Fotografía placas, rostros, cajas y las llaves que intentaron usar. La patrulla va en camino.
—Sí, señora.
Valeria dio un paso hacia Elena.
—¡Son mis papás, no delincuentes!
—Entonces debieron comportarse como invitados, no como invasores.
Mariana, una prima de Valeria, se levantó desde una mesa lateral.
—Pues todos sabemos que esa hacienda se está pudriendo vacía. La señora ni usa todos los cuartos.
La tía de Andrés, Carmen, golpeó la mesa con la palma.
—Esa hacienda la levantó Ricardo con 30 años de trabajo. No es bodega para oportunistas.
El comentario encendió el salón. Algunos invitados empezaron a hablar entre ellos. Otros grababan. Valeria, al ver los celulares, se llevó una mano al pecho como si acabaran de atacarla.
—¿Ven? —dijo lloriqueando—. Desde el principio su familia me odió.
Elena la miró sin parpadear.
—No, Valeria. Desde el principio tú confundiste mi educación con permiso.
Andrés se acercó a su madre, esta vez más bajo, más desesperado.
—Yo iba a explicártelo después de la luna de miel. Pensé que si ya estaban instalados, lo ibas a aceptar. Solo era más fácil así.
Elena sintió que esa frase le hacía más daño que la anterior.
—¿Más fácil para quién?
Andrés bajó la voz.
—Para todos.
—No. Para ti. Para no tener que escuchar un no.
Elena lo observó de cerca.
—¿De dónde sacaron llaves?
Andrés apartó la mirada.
Valeria dejó de llorar.
La respuesta estaba ahí, colgando entre los 3.
—Andrés —dijo Elena—. ¿De dónde sacaron llaves de mi casa?
Él respiró hondo.
—Tomé una copia de tu bolso durante la cena de ensayo. Solo la llave de la entrada lateral y del ala de visitas.
La tía Carmen se cubrió la boca.
Elena no dijo nada durante varios segundos.
En el fondo, la madre de un amigo de Andrés murmuró:
—Eso ya no es un favor. Eso es robo de confianza.
Andrés quiso tocarle el hombro.
—Mamá, no lo veas así.
Elena dio 1 paso atrás.
—No me digas cómo mirar una traición que hiciste con tus propias manos.
El teléfono seguía abierto en altavoz. Del otro lado, se escuchó una voz masculina gritando a lo lejos.
—¡Dile a la vieja que ya llegamos! ¡Andrés dijo que esta parte de la casa era nuestra!
El salón entero escuchó.
Valeria se puso blanca.
Elena levantó el celular un poco más.
—Tomás, ¿quién dijo eso?
—El señor Ernesto Salgado, padre de la novia.
Elena miró a Valeria.
—¿Nuestra?
Valeria apretó los labios.
En ese instante, otro sonido llegó por el teléfono: golpes metálicos contra la reja.
Tomás habló rápido.
—Señora, están intentando forzar la cerradura lateral. Ya viene una patrulla.
Andrés se llevó ambas manos a la cabeza.
—¡Dile a mi suegro que pare!
Elena lo miró con una tristeza que por fin logró atravesarlo.
—No, Andrés. Díselo tú. A mí ya me quedó claro quién creyó que mandaba en mi casa.
Valeria arrebató el teléfono, pero antes de poder hablar, una voz de mujer gritó desde la llamada:
—¡Apúrense! ¡Antes de que la señora llegue y haga drama!
Elena reconoció esa voz. Era Patricia, la madre de Valeria.
Y luego vino la frase que dejó al salón sin aire:
—¡Si dejamos las camas adentro, ya no nos va a poder sacar tan fácil!