“No. De hecho, la novia pidió expresamente que no se copiara al novio para evitar, cito textualmente, ‘problemas con la hermana dramática’.”
Me quedé helada.
“¿Quiénes eran esos dos adultos?”
La señora Carmen dudó.
“El señor Ernesto Salcedo y su esposa.”
No conocía el nombre. Pero minutos después, revisando redes, lo entendí todo: Ernesto Salcedo era el director comercial de la empresa donde Brenda trabajaba. El mismo hombre al que ella había intentado impresionar durante meses porque quería un puesto nuevo.
No quitó a mi hija por accidente.
La quitó para sentar a su jefe.
Le envié todo a Arturo: el correo confirmado, el nombre de Ernesto, la explicación de la encargada. No escribí insultos. No hice amenazas. Solo puse:
Tu sobrina lloró por esto.
Arturo respondió casi una hora después.
Solo fueron 4 palabras:
No la reconozco más.
Pero esa misma tarde, Brenda llegó a mi casa sin avisar.
Golpeó la puerta como si yo fuera la culpable.
Cuando abrí, traía los ojos rojos de coraje, no de arrepentimiento.
“¿Qué ganas con destruir mi matrimonio?”, me escupió.
Y detrás de ella, en la banqueta, estaba Arturo… escuchándolo todo.
Ahora díganme la verdad: ¿creen que Brenda todavía podía justificar lo que hizo o ya no había manera de defenderla?
Brenda no sabía que Arturo estaba parado detrás de ella.
Por eso siguió hablando con una seguridad horrible.
“Era mi boda, Mariana. Mi día. Yo podía decidir quién se sentaba dónde y quién valía la pena para las fotos. Tu hija se iba a aburrir de todos modos.”
Arturo dio un paso al frente.
“¿Valía la pena?”, preguntó.
Brenda se quedó blanca.