Al encender la pantalla del nuevo ecógrafo, el monitor no mostró la silueta nítida de una columna vertebral pequeña ni el parpadeo rítmico de un corazón infantil. En su lugar, el ultrasonido reveló una masa densa, compleja y de gran tamaño que ocupaba la totalidad de la cavidad abdominal, desplazando los órganos internos y presionando la pelvis de una manera que explicaba perfectamente el abultamiento de su vientre. No había líquido amniótico. No había placenta. Lo que la mujer había estado gestando con tanto amor y devoción durante tres trimestres no era una vida humana, sino una condición médica extremadamente rara que había pasado completamente desapercibida debido a una negligencia sistemática en sus controles previos.
Resultó que los tests de embarazo caseros que dieron positivo al principio no mentían en su química, pero sí en su origen. Ciertos tipos de tumores ováricos benignos y quistes complejos segregan la hormona gonadotropina coriónica humana, la misma que el cuerpo produce cuando un embrión se implanta. Aquella coincidencia biológica, sumada al deseo ardiente de una mujer que había rezado por ser madre durante cuatro décadas, creó el escenario perfecto para un falso diagnóstico. El médico que la atendió inicialmente, cegado quizás por el asombro del supuesto milagro o por una preocupante falta de profesionalismo, se limitó a confirmar los niveles hormonales y a realizar exploraciones superficiales, cobrando cuantiosas sumas por un seguimiento que resultó ser una farsa administrativa. Cada molestia, cada aumento de peso y cada movimiento que ella creía sentir en su interior eran en realidad el crecimiento de la masa y los espasmos digestivos provocados por la compresión de sus propios órganos.