PARTE 1
— “Ya no estamos al mismo nivel, Mariana… firma el divorcio y déjame vivir.”
Eso fue lo último que Diego Robles me dijo por teléfono, con una frialdad que todavía me cortó más que el viento de enero en Toluca.
Yo estaba parada afuera del hospital donde él acababa de entrar como médico internista, con las manos heladas dentro de mi chamarra y un sobre judicial doblado en la bolsa. Ese mismo sobre decía que mi esposo, el hombre al que yo había mantenido durante años, me estaba demandando el divorcio.
Seis años antes, Diego y yo nos habíamos casado sin nada. Él tenía sueños de bata blanca; yo, manos de obrera y una fe tonta, enorme, limpia. Trabajaba en una maquiladora desde las siete de la mañana hasta la tarde, y en las noches vendía ropa por Facebook para completar el dinero de sus colegiaturas, libros, transporte y renta en la Ciudad de México.
Cada mes le mandaba casi todo mi sueldo.
Yo comía sopa instantánea, remendaba mis zapatos y fingía que no me dolía la espalda de tanto estar frente a la máquina de coser. Me repetía que todo valdría la pena cuando Diego terminara la especialidad. Él me había prometido:
—Aguanta tantito, Mari. Cuando sea médico, te voy a dar la vida que mereces.
Ese día yo llevaba treinta y cinco mil pesos guardados en la bolsa interior de mi abrigo. Había juntado ese dinero para comprarle una moto nueva, porque la vieja se le descomponía a cada rato. Todavía pensaba en sorprenderlo, en verlo sonreír, en sentir que por fin algo bueno nos tocaba.
Pero en lugar de una sonrisa, recibí una notificación del juzgado.
El motivo de la demanda decía: “diferencias irreconciliables y separación emocional prolongada”.
Me dio risa. Una risa seca, amarga. ¿Separación emocional? Si yo había estado separada de mi propia vida para sostener la de él.
Esa misma tarde pedí permiso en la maquiladora, tomé un camión a la Ciudad de México y llegué al hospital antes de las ocho. Me escondí cerca de la entrada principal, temblando de frío, esperando verlo.
Entonces apareció.
Diego bajó de una camioneta blanca, con abrigo caro, zapatos brillantes y una seguridad que nunca tuvo cuando era estudiante. A su lado iba Valeria, hija de un subdirector del hospital. La reconocí por fotos que yo había visto alguna vez en redes. Ella lo tomó del brazo como si fuera suyo desde siempre.
Y Diego no se apartó.
Ahí entendí todo.
No era que el amor se hubiera roto. Era que él había encontrado una escalera más elegante para subir.
Lo llamé.
—Estoy afuera del hospital. Sal y dime en mi cara por qué me mandaste esto.
Hubo silencio. Luego su voz salió bajita, nerviosa, pero cruel.
—No hagas escándalos, Mariana. Ya no somos iguales. Tú sigues pensando como obrera y yo necesito avanzar. Firma. Te puedo dar cincuenta mil pesos por lo que hiciste estos años.
Cincuenta mil pesos.
Ese era el precio de mi juventud, de mis desvelos, de mis manos agrietadas, de mi hambre callada.
No grité. No entré a reclamar. No le jalé el cabello a nadie. Me quedé mirando la puerta de aquel hospital enorme y sentí que algo dentro de mí moría sin hacer ruido.
Regresé a mi cuarto de renta, un cuartito húmedo con techo de lámina, donde había soñado con un futuro que ya no existía. Saqué la hoja de consentimiento de divorcio, tomé una pluma y firmé sin temblar.
Después rompí mi chip, cerré mis redes sociales y renuncié a la maquiladora.
No quería volver al pueblo con la vergüenza de “la mujer abandonada”. Tampoco quería quedarme donde cada esquina me recordara a Diego. Caminando sin rumbo, vi un anuncio pegado en una oficina municipal: solicitaban voluntarios para apoyar comunidades indígenas en la frontera sur, en zonas sin médicos suficientes.
Yo había estudiado enfermería antes de casarme, aunque dejé todo para mantenerlo a él.
Al día siguiente me presenté.
—Allá no hay comodidades —me advirtió el coordinador—. Caminos malos, poco sueldo, poca luz, mucha necesidad.
—No importa —respondí.
Tres días después iba en un camión viejo rumbo a una comunidad de la sierra de Chiapas, cerca de la frontera con Guatemala.
Me fui sin despedirme de nadie.
Mientras el camión subía por caminos de tierra y neblina, apreté mi vieja maleta contra las piernas. Dejaba atrás seis años de humillación, un matrimonio comprado por la ambición y a un hombre que creyó que podía desecharme como si yo no valiera nada.
Lo que Diego no sabía era que, en aquel viaje lleno de polvo y curvas, no iba una mujer derrotada.
Iba una mujer a punto de convertirse en alguien que él jamás podría mirar por encima del hombro…