Ignacio abrió la boca dos veces antes de encontrar voz.
—Paula… cállate.
La palabra cayó como un golpe seco.
La joven retrocedió un paso, incrédula.
—¿Perdón?
Beatriz Montero ya estaba junto a mí. Me ofreció una servilleta húmeda para la quemadura de la muñeca mientras seguridad aparecía en la entrada de la cafetería. Nadie se movía. Nadie quería perderse lo que estaba ocurriendo.
Ignacio pasó una mano temblorosa por su cara.
—No es mi esposa —dijo finalmente, mirando al suelo.
El murmullo explotó alrededor.
Paula se quedó inmóvil.
—¿Qué… qué acabas de decir?
Él levantó la vista, derrotado.
—Marta es mi mujer. Legalmente. Desde hace dieciséis años.
La expresión de Paula se vació por completo. Como si alguien hubiese apagado la luz detrás de sus ojos.
—No… no, eso no puede ser verdad.
Yo no dije nada. Solo lo observé hundirse.
Ella empezó a negar con la cabeza.
—Me dijiste que estabais separados. Me dijiste que ella era una ex obsesionada que no aceptaba el divorcio.
Ignacio no respondió.
Y ese silencio lo condenó más que cualquier explicación.
Paula soltó una risa nerviosa, quebrada.
—No… espera… tú me dijiste que ibais a anunciarlo cuando terminara el proceso legal.
—Paula —susurró él— basta.
Pero ya era tarde.
La directora de enfermería cruzó los brazos. Dos residentes intercambiaron miradas incómodas. Un celador murmuró un “madre mía” que se oyó demasiado claro.