No lo había hecho.
Aun así, Terrence me soltó el brazo.
—De acuerdo —susurró—. Esperaremos.
Fue entonces cuando algo dentro de mí dejó de ser su padre.
No porque no fuera de mi sangre.
Porque eligió no salvarme.
Comenzaron a organizar su historia. Megan abrió la carpeta. Beatrice le dijo a Terrence a qué hora debía escribir. Él firmó.
Entonces tosí.
La habitación se quedó congelada.
Me giré boca arriba y parpadeé mirándolos.
—¿Qué pasó? —pregunté con voz ronca.
Sus rostros no tenían precio.
Beatriz se recuperó primero e intentó abrazarme.
“¡Dios mío, Elijah! ¡Estás vivo!”
—Por supuesto que estoy vivo —dije con voz débil—. Hace falta algo más que un mareo para matar a un viejo camionero.
Les hice creer que estaba confundida. Luego les dije que el susto me había hecho querer poner mis asuntos en orden.
“La semana que viene”, dije, “tendremos una reunión familiar. El pastor Silas, el abogado, la junta directiva. Quiero que todos reciban exactamente lo que les corresponde”.
Sonrieron.
Creían que habían ganado.
Durante la semana siguiente, Sterling actuó con discreción. Se congelaron las cuentas. Se cerraron las propiedades. Se suspendió el acceso a los fondos fiduciarios. Un toxicólogo confirmó que la servilleta contenía digoxina. Las pruebas de ADN confirmaron que Terrence no era mío, sino de Silas. El bebé nonato tampoco era de Terrence.
Megan incluso me encontró en un café y me amenazó con acusarme de algo terrible si no le otorgaba un poder notarial.
La grabadora que llevaba en el bolsillo captó cada palabra.
Para el sábado, todo estaba listo.
El domingo, la iglesia estaba llena: familiares, socios comerciales, banqueros, miembros de la junta directiva, donantes, periodistas y amigos que creían que estaban allí para presenciar la transferencia de poder a la siguiente generación.
Beatriz vestía seda color crema.
Megan vestía de color verde suave.
Terrence parecía nervioso.
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