Claro.
Los buitres siempre reconocen el olor de la pérdida.
Rebeca sacó documentos.
—Primero. Se solicitará la nulidad del poder firmado falsamente por la señora Brenda. Segundo. Se pedirá rendición de cuentas sobre los recursos de seguro, pensión y cuentas ocultas destinadas supuestamente a cuidados médicos. Tercero. Se iniciará procedimiento por violencia económica, psicológica y patrimonial.
Esteban resopló.
—¿Violencia? Yo no le he pegado.
Rebeca ni parpadeo.
—No toda violencia deja moretones.
Tomás cruzó los brazos.
—Mi papá necesita ayuda. Si ella se va, ¿quién lo cuida?
—El señor Esteban tiene recursos —respondió Rebeca—. Y un hijo adulto muy preocupado.
Tomás abrió la boca.
La cerrada.
Yo casi aplaudo.
—No puedo cuidarlo —dijo él—. Trabajo.
—Yo también trabajaba —dije—. Solo que nadie le llamaba trabajo.
Esteban me miró con desprecio.
—¿Qué quieres, Brenda? ¿Dinero?
La pregunta me dio risa.
—Qué curioso. Después de cinco años limpiando la saliva, cree que soy yo la ambiciosa.
Me acerqué a la cama.
—Quiero mi vida. Mi parte. Mi nombre limpio. Y quiero que nunca más vuelvas a decir que me mantienes cuando fui yo quien sostuvo esta casa mientras tú repartías dinero como patrón.
Él apretó la mandíbula.
—Sin mí no eres nadie.
Antes, esa frase me habría roto.
Ese día solo me dio claridad.
—Sin ti voy a averiguarlo.
Los siguientes días fueron una guerra lenta.
Esteban alternaba entre víctima y verdugo.
Un día lloraba.
—Brenda, yo estaba frustrada. Dije tonterías.
Otro día amenazaba.
—No te voy a dejar nada.
Otro día usó su silla como trono.
—A ver quién te va a querer después de cuidar a un paralítico cinco años.
Yo ya no contestaba sola.
Todo pasaba por Rebeca.
Todo quedaba escrito.
Todo tenía fecha.
Esa fue mi primera venganza real: quitarle el reino de la palabra suelta.
Tomás empezó a desesperarse cuando los depósitos se detuvieron.
Llegó una tarde gritando que tenía pagos pendientes.
—Mi papá prometió ayudarme.
Yo estaba doblando ropa.
—Tu papá también prometió amarme.
—No es mi culpa que tú seas resentida.
-No. Tu culpa es haber disfrutado el dinero mientras yo tratabas como empleada.
Se quedó en la puerta, más joven de lo que parecía cuando se burlaba.
—Mi mamá decía que tú te habías quedado con mi lugar.
Eso me detuvo.
Por primera vez vi al niño detrás del hombre grosero.
Pero no cometí el error de cargarlo.
—Entonces ve a terapia, Tomás. No a mi cartera.
Se fue azotando la puerta.
Dos semanas después, Esteban tuvo una infección urinaria.
Antes, yo habría corrido.
Habría dormido sentada.
Habría llorado de miedo.
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