Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

Por la Brenda de veintinueve años que puso esa cama con esperanza, creyendo que el amor también podía rehabilitar el alma de alguien.

Después abrí las ventanas.

Entró aire.

Aire real.

No olor a pomada.

No cloro.

No sopa recalentada.

Aire.

Esa semana fui al centro de Coyoacán.

Sola.

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