Por la Brenda de veintinueve años que puso esa cama con esperanza, creyendo que el amor también podía rehabilitar el alma de alguien.
Después abrí las ventanas.
Entró aire.
Aire real.
No olor a pomada.
No cloro.
No sopa recalentada.
Aire.
Esa semana fui al centro de Coyoacán.
Sola.