—Vamos a creerle a la grabación —respondió Gálvez.
Sergio la miró con odio.
—¿Qué grabación?
—Desde que entré a este cuarto, todo está grabándose.
Renata sacó la mano de la bolsa.
Algo metálico brilló entre sus dedos.
Un bisturí pequeño.
Mateo retrocedió.
Valeria quiso gritar. Quiso levantarse. Quiso arrancar a su hijo de ahí.
Pero su cuerpo solo logró mover la mano otra vez.
Mateo sintió el movimiento.
—¡Mi mamá se movió!
Renata lo vio también.
Y su expresión cambió.
Ya no era miedo.
Era desesperación.
—Si despierta, todos estamos perdidos —dijo.
De pronto empujó a uno de los policías, jaló a Mateo del brazo y lo puso frente a ella como escudo.
—¡Nadie me va a quitar lo que me pertenece!
Sergio retrocedió, pálido.
—Renata, suéltalo.
Ella soltó una carcajada histérica.
—¿Ahora sí tienes miedo? ¡Tú cortaste los frenos!
—¡Porque tú me dijiste cómo hacerlo! —gritó Sergio.
La verdad explotó frente a todos.
Valeria, atrapada en su cama, entendió que sus enemigos no estaban discutiendo.
Se estaban hundiendo entre ellos.
Y justo cuando Renata levantó el bisturí cerca del cuello de Mateo, Valeria abrió los ojos.
PARTE 3
La luz blanca del hospital le quemó las pupilas.
Todo estaba borroso.
Las paredes.
Los rostros.
Las sombras moviéndose de golpe.
Pero Valeria vio lo único que necesitaba ver.
Mateo estaba vivo.
Y Renata tenía un bisturí junto a su piel.
Un sonido salió de su garganta. No fue un grito completo. Fue apenas un gemido roto, áspero, casi animal.
Pero todos lo escucharon.
Mateo giró la cabeza.
—¡Mamá!
Renata se quedó paralizada.
Por 1 segundo, la mujer que había planeado su muerte dejó de ser la hermana elegante, la víctima llorosa, la tía preocupada.
Se convirtió en lo que siempre había sido por dentro: alguien consumida por la envidia.
—No —susurró—. No puedes despertar.
El policía aprovechó ese instante y se lanzó contra ella. Otro agente jaló a Mateo lejos del bisturí. La licenciada Gálvez lo cubrió con su cuerpo mientras Sergio intentaba correr hacia la puerta.
No llegó.
Un oficial lo estrelló contra la pared y le torció el brazo.
—Queda detenido.
—¡Esto es un error! —gritó Sergio—. ¡Ella me obligó!
Renata, en el piso, esposada, soltó una risa rota.
—Qué valiente eres ahora. En la cocina no temblabas cuando dijiste que si Valeria moría, por fin dejarías de vivir a su sombra.
Sergio la miró con odio.
—Tú querías su dinero desde antes de que yo apareciera.
—¡Porque ella siempre tuvo todo! —chilló Renata—. La casa, la empresa, el apellido limpio, la mamá orgullosa, el hijo perfecto. ¡Todo!
Valeria intentó hablar.
Le dolía la garganta. Sentía la lengua seca, pesada, como si no le perteneciera.
La doctora entró corriendo con enfermeras.
—Señora Valeria, no se esfuerce. Parpadee si puede entenderme.
Valeria parpadeó.
Mateo rompió en llanto y quiso acercarse, pero Gálvez lo detuvo con suavidad.
—Dale espacio, mi amor. Ya volvió.
Ya volvió.
Esas 2 palabras hicieron que Valeria llorara por primera vez.
Las lágrimas le resbalaron hacia las sienes, silenciosas, calientes, imparables.
Durante 12 días todos habían hablado sobre ella como si ya fuera un objeto. Un trámite. Una cuenta bancaria con respiración artificial.
Pero Mateo nunca la enterró.
Su hijo la esperó.
La llamó.
La protegió.
Y fue él quien salvó su vida.
—Mamá —dijo Mateo, acercándose despacio—. ¿Estás aquí?
Valeria reunió toda la fuerza que le quedaba.
Sus dedos se cerraron alrededor de la mano del niño.
Esta vez sí.
Firme.
Real.
Mateo soltó un sollozo que le partió el alma a todos.
—Está aquí —dijo—. Mi mamá está aquí.
Sergio empezó a gritar mientras lo sacaban.
—¡Valeria! ¡Diles que no fue así! ¡Piensa en Mateo!
Ella movió los labios.
La doctora se inclinó.
—No hable todavía.
Pero Valeria necesitaba hacerlo.
Su voz salió como un hilo.
—Ya pensé… en él.
Sergio dejó de luchar por un instante.
Tal vez porque entendió que esa frase era su sentencia.
Renata, en cambio, no mostró arrepentimiento. Solo rabia.
—Siempre ibas a ganar —escupió desde el piso—. Hasta muriéndote ganabas.
Valeria la miró.
No con odio.
Con una tristeza inmensa.
Porque recordó a la niña que se escondía detrás de ella cuando escuchaban pleitos en casa. Recordó las trenzas, los cuadernos compartidos, las tardes en la azotea comiendo mango con chile.
Y aun así, esa niña había crecido hasta convertirse en una mujer capaz de tocarle el cabello en una cama de hospital mientras planeaba su muerte.
—No gané —susurró Valeria—. Sobreviví.
Renata bajó la mirada por primera vez.
Después se la llevaron.
Esa noche no terminó ahí.
La Fiscalía aseguró el teléfono de Sergio, la bolsa de Renata y la carpeta del supuesto notario. En la casa de Lomas encontraron herramientas con restos de líquido de frenos en el cuarto de servicio. También hallaron mensajes borrados entre Sergio y Renata.