PARTE 2
Pasamos la noche en un motel de carretera, a treinta kilómetros de la casa.
El cuarto olía a cloro barato, la colcha tenía quemaduras de cigarro y el calentador hacía un ruido horrible cada vez que prendía. Pero para Sofía fue suficiente. Se quedó dormida pegada a mí, con una mano apretando mi blusa, como si tuviera miedo de despertar sola.
Yo no dormí.
A medianoche ya había subido tres archivos a una nube privada.
El video de la cámara donde mi papá me golpeaba.
El audio de mi mamá exigiendo dinero.
Las amenazas frente a mi hija recién salida del hospital.
Después abrí mi computadora, que milagrosamente seguía funcionando aunque estaba húmeda, y descargué todos mis estados de cuenta.
Ocho meses de pagos.
Hipoteca.
Luz.
Agua.
Supermercado.
Medicinas.
Predial.
La reparación del boiler.
Hasta los recibos de las despensas que mi mamá presumía en Facebook como “bendiciones de Dios”.
A las dos de la mañana llamé a mi abogado, el licenciado Mauricio Herrera.
—Daniela, ¿Sofía está bien? —preguntó apenas contestó, con la voz ronca.
—Ahora sí.
Hubo un silencio.
—Mándame todo.
Se lo mandé.
A las siete de la mañana me llamó de regreso.
—Tus papás están en problemas serios.
—¿Tan serios?
—Como abogado te digo que sí. Como persona, te digo que son unos descarados.
Por primera vez en toda la noche, sonreí.
Mi divorcio no me había destruido, aunque mis padres se encargaron de decirle eso a medio mundo. Lo que nadie sabía era que, seis meses antes, mi exesposo me había comprado mi parte de una consultoría que fundamos juntos. Ese dinero estaba intacto en una cuenta protegida.
Yo no se lo había contado a mis papás.
Conocía a mi madre.
Carmen podía oler el dinero aunque estuviera enterrado debajo de concreto.
También creían que yo “llenaba papeles desde casa”. Nunca quisieron entender mi trabajo real: investigadora senior de fraude financiero para una firma legal privada.
Yo sabía leer mentiras.
Sabía encontrar patrones.
Y sabía que quien falsifica una cosa casi siempre ha falsificado más.
Al mediodía, mi mamá empezó a escribirme.
¡Continuará!