Cuando 740 niños fueron condenados a muerte en alta mar durante la Segunda Guerra Mundial, el mundo entero dijo “no”. Solo un hombre dijo “sí”. Era 1942. Un viejo barco flotaba a la deriva en medio del Océano Índico como un ataúd. A bordo viajaban 740 niños polacos, huérfanos que habían sobrevivido a los campos de trabajo soviéticos donde sus padres habían muerto de hambre, enfermedad y agotamiento.
Entonces, como un susurro en el viento, su historia llegó a la India, a la región de Gujarat. Allí vivía un hombre discreto pero profundamente humano: Jam Sahib Digvijay Singhji, gobernante de Nawanagar. No tenía obligación de actuar. Ninguna orden lo obligaba a hacerlo. Sin embargo, cuando le explicaron la situación, hizo una simple pregunta: “¿Cuántos hijos?”.
La respuesta fue clara. Su decisión fue igualmente clara.