Armando siguió leyendo, con la voz quebrada:
—“No supe cómo acercarme. Me fui lejos, cometí errores… pero nunca dejé de pensar en ustedes. Compré este lugar hace años. Quería sorprenderlos, darles un hogar tranquilo… pero el tiempo pasó… y el orgullo también me ganó.”
Rosa cayó lentamente en la silla.
Llorando en silencio.
—Él… sí pensó en nosotros…
Armando cerró los ojos con fuerza.
Durante años creyó que su hijo menor los había olvidado.
Que no le importaban.
Pero ahí estaba la verdad… escondida en una montaña.
—“Si están leyendo esto, quédense. Todo está preparado. Es lo mínimo que puedo hacer por ustedes.”
Un golpe seco interrumpió el momento.
Los dos se quedaron inmóviles.
Alguien… estaba afuera.
Otro golpe.
Más fuerte.
Rosa agarró el brazo de Armando.
—No abras…
Pero la puerta ya comenzaba a moverse.
Lentamente.
Y una voz… conocida… temblorosa… se escuchó desde el otro lado:
—¿Mamá…?
El corazón de Rosa se detuvo por un segundo.
—¿Javier…?
La puerta se abrió.
Y lo que vieron… los dejó sin palabras.