PARTE 2
Alejandro miró a las niñas como si fueran una amenaza. Renata, su prometida, bajó lentamente el ramo y volteó hacia él esperando una explicación. Los padres de Renata observaban desde la primera fila, desconfiados.
—Mariana, este no es el momento —murmuró Alejandro, apretando la mandíbula.
—Yo no dije nada —respondió ella con calma—. La pregunta la hizo tu hija.
El murmullo de los invitados creció. Alejandro intentó llevar a Mariana hacia un pasillo lateral, pero Renata se interpuso.
—¿Tus hijas? —preguntó—. Me dijiste que nunca quisiste tener hijos.
Alejandro negó de inmediato.
—No sé si son mías. Mariana siempre ha sido capaz de cualquier cosa para llamar la atención.
La acusación cayó como una bofetada. Camila se escondió detrás de su madre. Valeria apretó los puños y Regina miró al suelo, avergonzada.
Mariana respiró hondo.
—Te envié el ultrasonido, las actas de nacimiento y tres solicitudes de reconocimiento de paternidad. Tu abogado respondió cada una.
Alejandro palideció. Renata lo miró como si acabara de descubrir a un desconocido.
Entonces apareció Mauricio, el padrino de bodas y socio de Alejandro. Se acercó con nerviosismo y le susurró algo. Mariana alcanzó a escuchar una frase:
—Te dije que no la invitaras. El convenio todavía no está firmado.
Mariana había pensado que la invitación era una simple crueldad. Una mujer mayor se acercó discretamente. Era la señora Teresa Valdés, tía de Renata y notaria pública.
—Necesito hablar con usted —le dijo a Mariana—. Su nombre aparece en documentos relacionados con la empresa de Alejandro.
La llevó a una oficina. Allí le mostró una copia de un expediente. Alejandro estaba negociando vender la mayoría de sus acciones al grupo médico de la familia de Renata. Para cerrar el trato, había firmado una declaración afirmando que no tenía hijos, dependientes económicos ni posibles herederos que pudieran reclamar participación.
La empresa que Alejandro presumía como creación propia había sido fundada con dinero proveniente de una cuenta conjunta que Mariana y él tuvieron durante el matrimonio. Además, la primera marca registrada incluía bocetos y diseños de empaques realizados por Mariana cuando todavía cosía de noche para pagar sus estudios.
—Si usted demuestra que hubo ocultamiento de bienes durante el divorcio, la operación podría detenerse —explicó Teresa—. Y si estas niñas son legalmente sus hijas, la declaración que firmó es falsa.
Alejandro no la había invitado sólo para humillarla. Quería exhibirla como una mujer pobre y desacreditada antes de que alguien pudiera escucharla. Quería convertirla en un chiste frente a la familia que estaba a punto de comprar su empresa.
Al regresar al jardín, Renata ya discutía con él. Alejandro, desesperado, tomó el micrófono de la orquesta.
—Esto es un montaje. Mariana vino a destruir mi boda porque no soporta verme feliz.
Entonces Valeria, la mayor por siete minutos, sacó de su pequeño bolso un sobre azul.
—Mamá, ¿le damos lo que dejó el señor en la boutique?
Mariana se quedó inmóvil. No conocía ese sobre.
Dentro había una prueba de ADN, pagada seis meses antes, con una coincidencia de paternidad del 99.99%.
Y la firma de quien había solicitado el análisis era la de Mauricio.
Antes de que Mariana pudiera preguntar por qué, el socio de Alejandro se acercó al micrófono y dijo:
—Ya es hora de que todos sepan por qué él necesitaba casarse hoy.
Lo que revelaría en los siguientes minutos destruiría mucho más que una boda.