Alejandro me había ocultado, literalmente bajo mi cuerpo, los sucios restos de una historia que olía a crimen.
Y entonces comprendí de dónde provenía ese olor agrio.
No era solo la humedad.
No era tierra.
Se trataba de prendas que habían estado guardadas mojadas durante semanas.
Ropa con manchas de sangre vieja.
Ropa con miedo.
Ropa de una mujer desaparecida.
Me levanté como pude.
Tenía que salir de esa habitación.
Tuve que llamar a la policía.
Cogí el teléfono de la mesita, pero justo en ese momento se encendió la pantalla.
**Llamada de Alejandro.**
Me quedé paralizado.
El teléfono vibraba en mi mano como un animal atrapado.
No respondí.
La llamada se cortó.
Un segundo después llegó un mensaje.
**“La reunión se canceló. Me voy. Volveré en dos horas.”**
Dos horas.
Miré el colchón abierto.
Los paquetes.
Las fotos.
La carta.
Todo estaba esparcido por el suelo como si la verdad hubiera explotado dentro de mi casa.
Entré en pánico.
Marqué el 911 con dedos torpes.
Cuando finalmente me atendió un operador, mis palabras se volvieron incoherentes.
Le di mi nombre.
La dirección.
Dije que había encontrado pruebas relacionadas con una mujer desaparecida.
Dije el nombre de Alejandro.
Dije Monterrey.
Dije sangre.
La mujer que estaba al otro lado de la línea me pidió que no tocara nada más.
Que ella salga de la habitación.
Que un coche patrulla estaba en camino.
—No te quedes a solas con él si llega temprano —repitió—. ¿Entiendes? No te acerques a tu marido.
Sí.
Lo entendí.
Demasiado tarde.
Vea el resto en la página siguiente.