“¡Eres como una mula de carga, bien fácil de montar!”, se burló su esposo en plena audiencia de divorcio, arrancando miradas tensas y un silencio pesado que se extendió por toda la sala.

Parte 2:

 

Lucía dejó caer la tela con una lentitud casi ceremonial.

Debajo, no había escándalo.

No había espectáculo.

Había verdad.

Su piel, expuesta sin dramatismo, hablaba por sí sola. No eran heridas recientes ni marcas exageradas. Eran señales sutiles, acumuladas durante años: la tensión en los hombros, la rigidez en la espalda, las manos endurecidas, los brazos marcados por el trabajo constante. No era una víctima… era una prueba viviente.

El silencio en la sala se volvió insoportable.

—Aquí estoy —dijo Lucía, sin elevar la voz—. La “bestia de trabajo”.

Nadie se movió.

—Durante diecinueve años —continuó— me levanté antes que todos y me acosté después de todos. No por obligación legal… sino porque creí en un proyecto que también era mío.

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