A las dos de la mañana, Boston estaba cubierto por una lluvia tan fina que parecía no caer, sino quedarse suspendida en el aire.
Elizabeth estaba sentada en la cocina con una taza de café frío entre las manos.
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio amable.
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Era el tipo de silencio que hace que el zumbido del refrigerador parezca una advertencia.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Ella miró la pantalla y vio el nombre de James.
Su hijo.
Su único hijo.
Durante un segundo pensó que algo le había pasado al niño.
A esas horas, ninguna madre piensa primero en una invitación o en una falta de educación.