QUEDÉ EMBARAZADA EN DÉCIMO GRADO, PERO LA VERDADERA SORPRESA LLEGÓ DESPUÉS DE QUE LA ESCUELA LLAMARA A MIS PADRES.

Me quedé embarazada en décimo grado, y mi mamá me llevó a la escuela para que todos pudieran verme caer…
Pero cuando el padre del bebé negó incluso conocerme, el sobre que la directora sostenía comenzó a temblar en sus manos. Tenía quince años, vestía un uniforme azul, zapatos desgastados y escondía una prueba positiva dentro de mi cuaderno de matemáticas. La encontré a las seis de la mañana, antes de que mi mamá gritara que ya llegábamos tarde. Ese día, no desayuné. Ese día, dejé de ser una niña.
En la escuela, todos hablaban de mí antes de que siquiera abriera la boca.
— Ahí va la chica embarazada.
— Pobres padres.
— Probablemente ni siquiera sabe quién es el padre.
Caminaba con mi mochila apretada contra mi pecho, como si eso pudiera ocultar el secreto que crecía dentro de mí.
El padre tenía un nombre.
Se llamaba Mateo Rivas.
Hijo del dueño de una constructora.
Capitán del equipo de fútbol.
El chico que me llamaba “mi amor” en WhatsApp y “compañera” en los pasillos.
La primera vez que le dije que estaba embarazada, palideció.
No me abrazó.
No me preguntó si tenía miedo.
Solo miró a su alrededor y me llevó detrás de la cafetería de la escuela.
— Borra todo —susurró.
— ¿Todo qué?
— Los mensajes. Las fotos. Las notas. Todo.
Sentí que se me cerraba la garganta.
— Mateo, es tu bebé.
Su rostro cambió.
Ya no era el niño que me compraba bocadillos después de la escuela.
Era otra persona.
Frío.
Calculador.
— No digas eso en voz alta.
Esa tarde, su madre vino a mi casa.
La señora Rebeca Rivas.
Tacones caros.
Bolso de diseñador.
Perfume fuerte.
Mi mamá la recibió, pensando que venía a hablar como una adulta.
Se equivocó.
La señora Rebeca puso un sobre amarillo sobre la mesa.
— Cincuenta mil pesos —dijo— para que tu hija cambie de escuela y deje de inventarse cosas.
Mi mamá no tocó el sobre.
Mi papá sí.
No para tomarlo.
Para tirarlo al suelo.
— Mi hija no está en venta.
Quise llorar de alivio.
Pero la señora Rebeca sonrió.
— Entonces prepárate. Porque mi hijo no va a hacerse responsable de una niña sin futuro.
Sin futuro.
Así me llamó.
Como si mi bebé ya fuera una mancha.
Como si mi vientre fuera una vergüenza pública y no una vida.
A la mañana siguiente, mi padre no habló en el desayuno.
Mi madre me cepilló el pelo con más fuerza de lo normal.
Cuando llegamos a la escuela, entendí por qué.
Había una reunión.
El director.
La consejera.
La madre de Mateo.
Mis padres.

 

 

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