PARTE 2
Dentro del sobre no había cartas de amor.
No había fotos.
No había pruebas de una traición.
Había papeles de notaría.
Martín sacó la primera hoja con las manos tensas, todavía respirando como toro encerrado.
Leyó el encabezado.
“Contrato de compraventa.”
Luego vio su nombre.
Martín Hernández López.
Y al lado, el de ella.
Maribel Cruz Hernández.
Después leyó la dirección.
Un terreno de 120 metros cuadrados en Tecámac, Estado de México.
Martín parpadeó.
Volvió a leer.
La hoja parecía burlarse de su enojo.
—¿Qué es esto? —murmuró.
Maribel se limpió una lágrima con el dorso de la mano.
—Es nuestro terreno.
Él no contestó.
No porque no quisiera, sino porque de pronto no encontró voz.
Maribel sacó otra hoja del sobre.
Era un plano sencillo.
Una casita de 2 recámaras, sala, cocina, baño, patio de servicio y un pedazo de jardín al frente.
En una esquina, con pluma azul, alguien había escrito:
“Espacio para bugambilia.”
Martín tragó saliva.
Cuando eran novios, él siempre decía que algún día tendría una casa con una bugambilia en la entrada, como la de su abuela en Oaxaca.