Ninguno de sus hijos quiso recogerlo del hospital: uno esperaba un camión, otra mintió sobre la fiebre de su hijo y mi esposo dijo que estaba trabajando. Yo manejé 200 kilómetros sin reclamar. Al sentarse en mi coche, mi suegro me entregó la dirección de un abogado y dijo: “Hoy sabrás quién intentó quedarse con todo”…

PARTE 1

—Que se regrese en taxi. No se está muriendo —dijo mi esposo cuando le avisé que su padre, recién dado de alta por una crisis cardiaca, llevaba casi tres horas sentado solo en el pasillo del hospital.

Me llamo Mariana, tengo treinta y siete años y trabajo como jefa de contabilidad en una empresa de materiales para construcción en la Ciudad de México. Llevaba doce años casada con Daniel y teníamos dos hijos, Emiliano, de diez, y Sofía, de siete. Mi suegro, don Ernesto, vivía solo en una casa antigua de Tequisquiapan, Querétaro. Detrás tenía una carpintería, seis bodegas rentadas y un terreno cerca del parque industrial.

Don Ernesto tenía tres hijos. Mauricio, el mayor, administraba un negocio de pisos y azulejos a quince minutos de su casa. Claudia vivía en Querétaro capital. Daniel, el menor, estaba conmigo en la Ciudad de México. Cuando su padre fue hospitalizado, todos prometieron organizarse. En la práctica, Mauricio aparecía diez minutos; Claudia llevó caldo dos veces, y Daniel se limitó a llamar por las noches.

Yo tampoco pude ir de inmediato porque estábamos cerrando el trimestre, pero hablaba diario con Lupita, la enfermera. Le preguntaba por la presión, las medicinas y la dieta. La mañana del alta, Lupita me llamó.

—Señora Mariana, ya está vestido, pero nadie viene por él. Mauricio dice que espera un tráiler. Claudia asegura que su hijo tiene fiebre. Daniel preguntó si el hospital podía pedirle un taxi de aplicación.

Llamé a mi esposo.

—¿De quién es padre al final?

—No empieces, Mariana. Tengo una presentación con inversionistas.

—Yo también trabajo.

—Estás haciendo un drama. Solo tiene que volver a su casa.

Pedí permiso, dejé a mis hijos con mi mamá y tomé la autopista bajo una lluvia helada. En el camino, Mauricio me llamó molesto.

—Con esto vas a hacer que parezca que abandonamos a mi papá.

—No los hace quedar mal quien va por él, Mauricio.

Diez minutos después, Claudia me escribió que la fiebre de su hijo era real. Entonces vi una fotografía publicada esa misma mañana: ella sonreía, con una copa en la mano, en la inauguración de una boutique.

Llegué al hospital poco antes del mediodía. Don Ernesto estaba sentado junto a una pared, con una bolsa de medicinas entre los zapatos. Cada vez que escuchaba pasos, levantaba la cabeza y luego volvía a bajarla.

—Papá, vine por usted.

Sus ojos se llenaron de agua.

—¿Manejaste desde México? Me hubieras dejado pedir un taxi, hija.

En el estacionamiento lo acomodé en el asiento, le puse una manta sobre las piernas y encendí el motor. Entonces me sujetó la muñeca.

—No me lleves a mi casa.

Pensé que se sentía mal.

—Llévame a una notaría. Ya me están esperando.

Sacó de su bolsa una tarjeta con el nombre de un abogado y cuatro carpetas. Después me miró con una serenidad que me heló la sangre.

—Voy a poner la casa, la carpintería, las bodegas y el terreno a tu nombre.

No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…

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