PARTE 1
—Esa mujer no tiene la imagen adecuada para criar a los nietos de esta familia —dijo doña Beatriz, sin importarle que yo estuviera a pocos metros, sentada sobre el pasto húmedo con sus tres nietos aferrados a una cuerda.
Yo me llamo Mariana López, tenía 31 años y llevaba apenas 4 meses trabajando como niñera temporal en la residencia Santillán, en Bosques de las Lomas. Antes había sido educadora en un preescolar de Coyoacán, hasta que el plantel cerró por deudas. No tenía uniforme de diseñador ni la figura que doña Beatriz consideraba “presentable”. Tenía paciencia, una libreta llena de observaciones y la certeza de que ningún niño hace berrinche sin intentar decir algo.
Aquella tarde, Alejandro Santillán regresó de Monterrey un día antes de lo previsto. Era dueño de una empresa de logística con oficinas en medio país, pero desde que su esposa Valeria murió en un accidente carretero, casi un año atrás, se había convertido en un visitante dentro de su propia casa. Sus hijos, Mateo, Santiago y Emiliano, trillizos de 2 años, tenían juguetes importados, terapeutas privados y una agenda organizada por minutos. Lo único que no tenían era a su padre sentado con ellos en el suelo.
Alejandro entró sin avisar y escuchó algo que ya casi no existía en aquella mansión: carcajadas.
Los niños habían encontrado una cuerda gruesa en la bodega del jardín. En vez de quitársela, organicé un juego. Mateo quería mandar, Santiago probaba cuánta fuerza podía hacer y Emiliano solo se atrevía a participar si alguien permanecía cerca. Me dejé arrastrar unos centímetros, fingí perder el equilibrio y caí sobre el césped. Los tres celebraron como si hubieran ganado una final.
Cuando vi a Alejandro bajo el arco de la terraza, me puse de pie tan rápido que casi volví a caer.
—Señor Santillán, lo siento. Debí pedir permiso para sacar la cuerda.
Él no miró mi vestido manchado ni las huellas sobre el pasto. Miró a sus hijos, que aún sonreían.
—¿Quién ganó?
—Ellos —respondí.
Santiago caminó hacia su padre y le ofreció un extremo de la cuerda. Alejandro dudó. Luego dejó el saco sobre una silla, se arremangó la camisa y tomó su lugar frente a los niños. Durante 10 minutos, el empresario al que todos temían permitió que tres pequeños lo hicieran retroceder mientras yo los animaba.
Entonces aparecieron doña Beatriz y Héctor Salgado, el administrador de la casa. Ella observó el lodo en los zapatos de sus nietos como si hubiera presenciado una tragedia.
—Esto se acabó —declaró—. Los niños necesitan disciplina, no una empleada que los revuelque por el jardín.
Alejandro guardó silencio. Beatriz sacó un sobre de su bolso y me lo entregó.
—Tu contrato termina hoy. Mañana vendrá una cuidadora certificada. No les conviene encariñarse con alguien como tú.
Abrí la carta con las manos temblando. Era una orden de despido y, al final, aparecía la firma de Alejandro Santillán.
Solo que él miró aquel documento y dijo, con una voz que heló a todos:
—Yo nunca firmé eso.
La firma falsa apenas era el principio, y nadie podía creer lo que estaba a punto de salir a la luz…