PARTE 1
—Mamá, no me preguntes nada hasta que papá se haya ido —murmuró Camila apenas las puertas de cristal del Aeropuerto Internacional de Guadalajara se cerraron detrás de Ricardo.
Mariana Serrano se quedó inmóvil junto al estacionamiento. Cinco minutos antes, su hija había abrazado a su padre, le había deseado buen viaje a Panamá y hasta había sonreído para una foto. Ahora tenía los labios blancos y las manos temblorosas dentro de la chamarra.
—No voy a presionarte —respondió Mariana—. Pero no voy a fingir que no estás aterrada.
Ricardo, director financiero de Grupo Altavista, había dicho que viajaba para cerrar una auditoría. Antes de pasar seguridad, llevó a Camila hasta una columna, le mostró algo en el celular y le hizo jurar silencio. Cuando Mariana preguntó, él sonrió.
—Es una sorpresa por nuestro aniversario. No arruines todo con tus sospechas.
Madre e hija se detuvieron a comer en un restaurante de avenida Chapultepec. Camila no tocó sus enchiladas. Finalmente sacó de su bolsa un sobre blanco, roto por un costado.
—Papá me hizo rentar una caja de seguridad hace dos semanas —confesó—. Dijo que guardaría tu regalo y que, si la contrataba él, tú lo descubrirías. Después llevó una maleta negra, pequeña, pero muy pesada.
Dentro del sobre había instrucciones escritas a mano: recoger la maleta antes de las cuatro, no abrirla, llevarla a la casa de descanso en Tapalpa, retirar un panel de madera bajo la escalera, esconderla, mandar una fotografía y dejar desactivada la alarma. Por la noche llegaría un hombre con llave propia. Camila no debía verlo ni hacer preguntas.
—Me dijo que son documentos que podrían meterte en problemas por unos contratos de tu taller —añadió—. Que él estaba tratando de salvarte.
Mariana era dueña de un negocio de cortinas y textiles para hoteles en Zapopan. Ricardo revisaba sus impuestos, conocía sus contraseñas y tenía acceso a las copias de sus contratos. Durante años, ella había confundido ese control con apoyo.
—¿Por qué decidiste contármelo?
Camila tragó saliva.
—Regresé para preguntarle cómo quitar el panel. Estaba hablando por teléfono y no me vio. Dijo: “Mi hija moverá todo hoy. Mañana ya no existirán los originales”. La otra persona preguntó por ti. Papá respondió: “Para entonces, también nos habremos encargado de Mariana”.
La sangre se le heló.
Mariana llamó a Lucía Herrera, la abogada de su empresa. Lucía les ordenó no tocar la maleta y contactar de inmediato a la Fiscalía. Antes, necesitaban mantener a Ricardo confiado.
Camila lo llamó y dijo que su madre se había desmayado en el restaurante y que una ambulancia se la había llevado. Ricardo guardó silencio apenas un segundo.
—¿Ya fuiste al banco?
—No. Me asusté.
—Tu madre está con médicos. Tú haz lo que te pedí. Recoge la maleta, llévala a Tapalpa y no le cuentes nada si despierta.
—Ni siquiera preguntaste si está viva.
La voz de Ricardo se volvió fría.
—Si hubiera muerto, ya te habrían avisado. Mañana será demasiado tarde para cambiar algo. Obedece.
La llamada terminó.
Mariana miró a su hija y comprendió que su esposo no solo estaba ocultando un delito. Había convertido a Camila en la única persona que podía cargar con él.
Y todavía era imposible imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.