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PARTE 2: El hombre que cruzó la puerta llevaba uniforme de gala, la espalda recta y una mirada que hizo que hasta mi hermano Javier bajara la cabeza.
Era el sargento primero retirado Ricardo Salgado.
No lo veía desde el hospital militar, cuando desperté con el brazo vendado y la boca seca, sin saber todavía cuántos compañeros habían logrado salir con vida aquel día.
Mi madre frunció el ceño.
“¿Y este señor quién es?”, murmuró, perdiendo por primera vez el tono de víctima.
Elena se levantó.
“Por favor, diga su nombre completo y su cargo para el acta.”
“Ricardo Salgado Mendoza, sargento primero retirado del Ejército Mexicano.”
Su voz llenó la sala sin necesidad de gritar.
“¿Conoce usted a Mariana Torres?”
“Sí. Estuvo bajo mi mando operativo en su último despliegue. Fue una de las mejores enfermeras de combate que tuve el honor de conocer.”
Mi madre soltó una risa nerviosa.
“Eso es mentira. Seguro le pagaron.”
La jueza golpeó la mesa con firmeza.
“Señora Rosa, una interrupción más y la retiro de la sala.”
Ricardo no se alteró. Contó cómo yo atendí civiles heridos durante un enfrentamiento en una carretera secundaria de Tamaulipas. Contó que no quise subir al vehículo blindado hasta asegurarme de que un soldado joven, apenas de veinte años, respirara. Contó que la explosión me alcanzó cuando ya estaba regresando por otro herido.
Yo no quería escucharlo. No por vergüenza, sino porque cada palabra me devolvía al olor a polvo quemado, a sangre caliente, a metal partido.
Elena puso sobre la mesa tres paquetes: mis registros de servicio, mi baja médica y notas quirúrgicas del hospital militar.
La jueza revisó los papeles durante varios minutos.
“Estos documentos parecen oficiales y consistentes”, dijo al fin. “Incluyen fechas, sellos y reportes médicos detallados.”
Mi hermano se removió incómodo en su silla.