Él giró la cabeza y vio a las gemelas hechas bolita bajo una manta. Cerró los ojos. El alivio le quebró la voz.
Tenía unos ojos oscuros e inteligentes, modales demasiado finos para un arriero y unas manos fuertes, pero sin las callosidades de un peón cualquiera. Marisol lo notó todo.
—¿Dónde estamos? —preguntó él.
—En la sierra, cerca de Creel. En mi casa. Yo soy Marisol.
—Gabriel —respondió—. Solo Gabriel.
Ella escuchó la omisión. No dijo nada.
Con los días, la nieve dejó de caer. Gabriel recuperó fuerzas y se volvió incapaz de estar quieto. Una mañana, Marisol despertó con el sonido rítmico de un hacha. Miró por la ventana: Gabriel partía leña con la facilidad de quien necesitaba agradecer con el cuerpo lo que no sabía pagar con palabras.
Otro día lo encontró en el techo, arreglando una gotera sobre el secadero de hierbas.
—¿Te quieres matar ahora que ya te salvé? —le gritó.
Gabriel sonrió por primera vez como un muchacho.
—Solo intento no seguir debiéndote tanto.
Las niñas también cambiaron. Empezaron a correr detrás de Moro, a reírse, a ayudar a separar frijoles y a seguir a Marisol por toda la casa. La llamaban “Mari” al principio. Una tarde, sin darse cuenta, Paloma le dijo “mamá Mari” y luego se tapó la boca, asustada.
Marisol fingió no notar que se le habían humedecido los ojos.
Una noche, mientras molía consuelda en un mortero, sintió la mirada de Gabriel.
—Tus manos —dijo él en voz baja.
Ella quiso esconderlas. Estaban manchadas, ásperas, enrojecidas por el frío.
—No son manos bonitas.
Gabriel se acercó.
—He conocido mujeres que cuidaban sus dedos como si fueran de cristal. Pero estas manos sacaron a mis hijas de la nieve. Me devolvieron la vida. Curaron, cocinaron, sostuvieron. Algunas manos sirven para lucir anillos. Las tuyas sirven para salvar gente.
Marisol bajó la mirada, encendida hasta el cuello. No era un halago a su cara. Era algo peor y más profundo. Era un halago a lo que ella era.
Y por un instante se permitió imaginar que quizá aquella paz podía durar.
Pero la nieve siempre se derrite.
Cuando el camino comenzó a abrirse, la inquietud volvió a los ojos de Gabriel. Pasaba horas mirando por la ventana. Dormía con la mano cerca de la pistola.
—Tenemos que irnos mañana —dijo finalmente.
—Aún no estás bien.
—No es eso. Si nos encuentran aquí, te meteré en un problema que no mereces.
Marisol entendió que la historia de las deudas no era verdad. No lo presionó. Le preparó carne seca para el camino, parchó los abrigos de las niñas y guardó su tristeza como guardaba las medicinas: en silencio.
A la mañana siguiente, mientras cargaban la carreta reparada, sonó una rama quebrándose entre los pinos.
Marisol tomó su rifle.
Del bosque salieron tres hombres. No eran bandidos. Eran rastreadores rarámuri, serios, silenciosos, con rifles al hombro y botas cubiertas de barro.
El mayor inclinó la cabeza ante Gabriel.
—Patrón joven. Don Esteban está fuera de sí. Toda la hacienda lo anda buscando.
Marisol bajó el arma, confundida.
Gabriel cerró los ojos.
—No son cobradores —dijo con amargura—. Son hombres de mi familia.
Y entonces la verdad cayó entre ellos como una piedra.
Gabriel no era un fugitivo pobre. Era el hijo de don Esteban Valdivia, dueño de una de las haciendas más poderosas del norte. Había huido porque su padre quería mandar a las niñas a un internado en la capital “para refinarlas” y comprometerlo a él con la hija de un político para ampliar el poder de la familia.
—No iba a dejar que me arrancaran a mis hijas —dijo—. Preferí escapar.
Marisol sintió que el pecho se le partía. Ella, una viuda curandera en la montaña. Él, heredero de tierras, dinero y apellido.
No tuvo tiempo de asimilarlo.
El estruendo de ruedas y cascos anunció la llegada de una carroza elegante, absurda en aquel sendero de piedra. Bajaron un hombre de presencia dura y una mujer vestida con terciopelo oscuro y desprecio en los ojos.
Don Esteban y su esposa, doña Teresa.
Miraron la cabaña, el corral, la leña, las hierbas colgadas, como si todo aquello les diera asco.
Don Esteban sacó una bolsa de cuero que sonó pesada.
—Usted debe ser la mujer que los recogió —dijo—. La familia Valdivia paga sus deudas. Tome. Eso cubrirá sus molestias.
Marisol vio las monedas de oro. Más dinero del que habría reunido en años.
—Yo no hice esto por oro —respondió, enderezándose—. Los saqué de la nieve porque se estaban muriendo.
Doña Teresa soltó una sonrisa helada.
—Pobrecitas mis nietas… durmiendo en este lugar.