Semanas más tarde, encontré un pequeño sobre sellado entre las raíces. Era una nota manuscrita de mi padre.
En ella, escribía sobre sus defectos, sus errores y lo orgulloso que estaba de la vida que yo había construido. Nunca fue, me explicó, solo una planta, sino un recordatorio de que el valor no siempre es evidente.
Nunca le mencioné la nota a mi hermanastra. El cactus sigue en el alféizar de mi ventana, creciendo silenciosamente, recordándome una y otra vez que algunos de los legados más poderosos se manifiestan en pequeños y silenciosos gestos.
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