Pero la paz dura poco cuando se construye sobre la humillación ajena.
Un mes después, Clara encontró en el granero una nota arrugada que alguien había metido entre las herramientas. Reconoció enseguida la letra de su hermano Tomás.
“Te dije que no se atrevería a casarse. Perdí cincuenta, pero aún puedo recuperarlos.”
El papel le quemó los dedos.
Aquella noche, enfrentó a Elías con la nota en la mano. Él la leyó y cerró los ojos con rabia muda.
—¿Lo sabías? —preguntó Clara.
Él tardó en responder.
—Me enteré después de la boda. Tu hermano vino borracho al rancho y se burló. Dijo que se apostó con unos hombres del pueblo que yo no sería capaz de llevar una mujer a casa.
Clara sintió que la vergüenza y la furia la ahogaban.
—Entonces yo valía una deuda para mi padre… y una apuesta para mi hermano.
Elías levantó la mirada.
—No para mí.
Ella lo miró en silencio.
—¿Entonces por qué aceptaste?
Él tardó tanto en responder que Clara pensó que no lo haría.
—Porque estaba cansado de estar solo. Y porque pensé que una mujer obligada a venir conmigo no esperaría demasiado de mí.
Esas palabras la atravesaron.