El empresario sintió que el mundo se detenía.
—Sofía… dilo otra vez.
—Papá —repitió ella, abrazándolo.
Alejandro lloró como nunca en su vida. Pero cuando buscó a la niña que había provocado el milagro, ya no estaba.
Y lo peor era que, mientras Sofía repetía “papá”, Alejandro no pensaba en pedir perdón… pensaba en cuánto dinero podía valer aquel remedio.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Esa noche, la mansión Del Valle dejó de parecer un museo frío. Los empleados lloraban escondidos en la cocina mientras Sofía decía sus primeras palabras como si fueran tesoros recién descubiertos.
—Quiero pan dulce.
—¿Con chocolate, mi amor? —preguntó Alejandro, temblando.
—Sí, papá.
Cada sí de Sofía le partía el alma y se la reconstruía al mismo tiempo. Pero junto a la emoción nació otra cosa: ambición. Alejandro no podía dejar de recordar la botellita dorada, la ropa rota de Lupita, la frase sobre la abuela de Oaxaca.
A la mañana siguiente llevó a Sofía de regreso al Zócalo. La niña iba feliz, repitiendo en el auto:
—Voy a darle gracias. Voy a abrazarla.
Tardaron casi una hora en encontrarla. Lupita estaba sentada cerca de un puesto de esquites, con la rodilla vendada y el mismo morral viejo sobre las piernas. Cuando Sofía la vio, corrió hacia ella.
—¡Lupita!
La niña pobre levantó la cara, sorprendida. Sofía la abrazó con fuerza.
—Gracias por mi voz.