PARTE 1
Valeria se quedó petrificada bajo el ardiente sol de Monterrey, justo afuera de 1 pequeño Oxxo donde el asfalto parecía derretirse. El ruido de las camionetas pasando por la avenida y los cláxones del tráfico ensordecedor sonaban lejanos, como si ella hubiera quedado atrapada dentro de 1 frasco de cristal sellado al vacío.
En la pantalla de su celular, la aplicación de la lotería del Melate confirmaba lo imposible: 200 millones de pesos.
No había elegido los números con ninguna estrategia matemática. Solo usó el cumpleaños de su madre, el día en que falleció su padre, la fecha de su boda con Mateo, y 2 números que siempre aparecían en sus sueños desde que era niña. Después de los impuestos, la cifra seguía siendo absurdamente grande; suficiente para no volver a mirar el precio de la leche, no sufrir por el recibo de la luz, ni quedarse parada en la farmacia de la colonia calculando qué medicina genérica le alcanzaba para la semana.
No gritó. No saltó de alegría. No derramó ni 1 lágrima. Su mente voló directamente hacia 1 sola persona: Jimena, la hermana de su esposo Mateo.
Valeria conocía perfectamente la dinámica tóxica de su familia política. Si Mateo se enteraba, Jimena lo sabría antes de la cena. Y si Jimena abría la boca, su esposo Roberto —un supuesto “empresario” con ínfulas de millonario pero ahogado en deudas— aparecería en 10 minutos con su falsa sonrisa, hablando de “proyectos inmobiliarios en Tulum” y repitiendo su frase favorita: “La familia siempre debe compartir las bendiciones”. Para ellos, el dinero ajeno no era un mérito, era 1 obligación de la cual debían sacar provecho.
Así que Valeria no condujo a su pequeña casa de Infonavit. Subió a su viejo Tsuru con el aire acondicionado descompuesto, manejó directo a 1 banco en la zona más exclusiva de San Pedro, contrató a 1 abogada financiera de alto nivel y abrió 1 cuenta separada. Firmó decenas de documentos para blindar su identidad. Hizo todo lo que 1 mujer menospreciada por sus suegros debía hacer cuando la suerte tocaba a su puerta y sabía que, detrás de ella, la esperaba 1 jauría de lobos hambrientos.
Esa tarde, mientras conducía de regreso a su colonia, Valeria ensayó cómo llorar frente al espejo retrovisor. Sus ojos estaban rojos, sus manos temblaban. No era actuación; sentía 1 terror genuino. Tenía pánico de que Mateo, el hombre que la había abrazado en las noches cuando solo tenían 43 pesos en la tarjeta de débito, se transformara en un desconocido al escuchar la monstruosa cifra de 200 millones.
Al entrar a casa, Mateo estaba en la diminuta cocina. Llevaba puesto su uniforme de técnico en refrigeración, con los hombros manchados de polvo y el cabello empapado en sudor tras pasar 12 horas instalando climas en los techos ardientes de la ciudad. Sobre la estufa de 4 quemadores, hervía 1 olla de sopa de fideo y salchichas picadas.
Él se dio la vuelta y le dedicó 1 sonrisa cansada pero cálida.
—¿Ya llegaste, mi amor? Te estoy preparando 1 cena de 5 estrellas. Fideo en oferta y salchichas al 2 por 1.
En otro momento, Valeria habría soltado 1 carcajada. Pero esa tarde, dejó su bolso sobre la silla de plástico y rompió en llanto. Mateo apagó la estufa de inmediato.
—¿Valeria? ¿Qué pasó, hermosa?
Ella bajó el rostro, fingiendo devastación.
—Me despidieron del trabajo…
La cocina quedó en 1 silencio sepulcral. Valeria cerró los ojos, preparándose para los reclamos que cualquier esposo asustado haría: “¿Y cómo vamos a pagar la mensualidad de la casa?”, “¿Con qué pagaremos la luz?”, “¿Qué hiciste para que te corrieran?”.
Pero Mateo no preguntó nada de eso. Dio 1 paso hacia ella, se arrodilló en el piso de linóleo desgastado y, sin dudarlo, se quitó su anillo de bodas.
Valeria se quedó helada.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró ella.
Mateo colocó el anillo de oro de 10 quilates en la palma de Valeria y cerró los dedos de ella con suavidad. Su voz sonaba ronca pero firme.
—Vende esto mañana a primera hora.
El corazón de Valeria se desplomó.
—¿Qué?
—No vale mucho, lo sé. Lo compramos en 1 casa de empeño, ¿te acuerdas? —Mateo sonrió con los ojos brillantes—. Pero algo te darán. Servirá para la despensa de este mes y para que no te estreses mientras encuentras otro empleo. Si hace falta, vendo mi herramienta o trabajo dobles turnos. No estás sola en esto.
Valeria sintió que el alma se le partía en 1000 pedazos. Su prueba había sido una crueldad imperdonable, no contra él, sino contra sí misma por dudar del único hombre que la amaba de verdad.
Pero antes de que pudiera confesarle la verdad y pedirle perdón, el celular de Mateo comenzó a vibrar salvajemente sobre la mesa. La pantalla iluminó 1 nombre: Jimena.
Mateo frunció el ceño y rechazó la llamada. Segundos después, entró 1 mensaje de texto. Mateo lo leyó y su rostro perdió todo el color.
Le mostró la pantalla a Valeria. El mensaje decía:
“Dile a la mosca muerta de tu esposa que deje de hacerse la víctima. Roberto escuchó a los cajeros del Oxxo diciendo que la mujer del Tsuru gris viejo se ganó el premio mayor del Melate. Sabemos que fue ella. No se atrevan a escondernos el dinero. Somos familia.”
El mundo de Valeria comenzó a girar. En ese exacto segundo, 3 golpes secos, violentos y cargados de rabia sacudieron la puerta principal de la casa.
—¡Abran la maldita puerta! —gritó Jimena desde afuera—. ¡Sabemos que están ahí adentro!
La sangre de Valeria se volvió hielo. Era imposible creer la pesadilla que estaba a punto de desatar la ambición…