Mi marido se rió de mí en el pasillo del juzgado porque no tenía dinero para un abogado. Pero no tenía ni idea de quién estaba a punto de entrar por esa puerta.

 

Nunca volví a ver a Eduardo. Su empresa sobrevivió, pero tuvo que vender acciones tras la división de bienes. No me importó.

Una tarde, mientras me preparaba para entrar en un juzgado a representar a una mujer traicionada por su marido, me arreglé el blazer, tomé mi maletín y recordé aquel día en el pasillo del juzgado, cuando me compadecieron.

Dicen que la venganza se sirve mejor fría.

¿Pero la justicia?

La justicia entra en escena, con corbata de seda y maletín de cuero.

Y esta vez, fui yo quien cruzó la puerta.

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