Allí permanecía, con la misma postura serena, la misma presencia firme, pero algo había cambiado.
La fría superioridad había desaparecido.
También el silencioso desprecio que había sentido antes.
Ahora, solo había algo más pesado. Algo arraigado. Casi… humano.
Los niños se aferraron a su madre, agarrándose a su ropa.
“Mamá… tengo miedo…”
“Lo sé”, susurró, rodeándolos con sus brazos, aunque sus propias manos temblaban. “Estoy aquí”.
Entró.
Cada paso resonaba con fuerza en la casa vacía, como si las paredes mismas escucharan.
“¿Dónde está?”, preguntó con voz seca, tensa por todo lo que había contenido.
Hubo un breve silencio.
Entonces la mujer respondió.
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