Compró una casa más amplia en Guadalajara y preparó una habitación para Don Ramiro, con vista al jardín y un pequeño taller al fondo.
Sus colegas no entendían.
—¿Vas a dejar San Pedro por eso?
Diego siempre contestaba lo mismo:
—Cuando yo no tenía nada, él me dio todo. Ahora que tengo todo, no pienso dejarlo solo.
Un año después, Don Ramiro se sentaba cada tarde bajo un limonero a ver jugar a los hijos de Diego.
A veces el niño mayor le preguntaba:
—Abuelo, ¿de verdad vendiste tu sangre por mi papá?
Don Ramiro sonreía, acariciándole el cabello.
—Sí, chamaco. Pero valió la pena.
Diego escuchaba desde la puerta y sentía el mismo nudo en la garganta.
Porque entendió demasiado tarde que la riqueza no siempre llega en cuentas bancarias, camionetas o relojes.
A veces llega en forma de un hombre cansado que se queda cuando nadie más se queda.
Un hombre que no exige reconocimiento.
Un hombre que ama en silencio.
Un hombre que vende su sangre para construirle futuro a un hijo.
Y aunque muchos decían que la sangre crea una familia, Diego aprendió algo más profundo:
La sangre puede explicar de dónde viene un hijo.
Pero solo el amor demuestra quién merece llamarse padre