Benedita, la luchadora de Vassouras

Trajo sacos de arena para golpear, trozos de madera para romper y viejos libros de artes marciales que conservaba desde su juventud. No sabía aplicar todas las técnicas él mismo, pero conocía la teoría: posiciones, movimientos, esquivas y ataques.

Benedita aprendió rápido. Su fuerza era innata, pero tenía instinto. Este la impulsaba con la rabia acumulada de veintitrés años de violencia, cadenas, hambre y humillación.

Poco a poco, esta ira fue cambiando de forma. Dejó de ser una explosión ciega. Se convirtió en movimiento, precisión, una energía controlada.

Todos los días, Benedita entrenaba durante cinco horas y luego volvía a trabajar en la hacienda para mantenerse en forma. Pasaron los meses. Su cuerpo se fortaleció, sus movimientos se volvieron más precisos, su postura más segura.

En septiembre, tres meses antes del torneo, Joaquim decidió ponerlo a prueba. Se paró frente a ella para una simulación.

Lo derribó al suelo en diez segundos.

Joaquim se puso de pie riendo, a pesar de la sangre en su boca, y dijo que ella estaba lista.

El torneo de diciembre
El torneo tuvo lugar la primera semana de diciembre. La quinta del barón de Araújo estaba decorada como para una fiesta: faroles coloridos, mesas puestas, música en vivo. En el centro, un círculo de madera atraía la atención de todos.

Eduarda de Araújo, la hija del barón, era observada desde el camarote principal, vestida de rojo, con la mirada vivaz y penetrante.

Cuando Joaquim llegó con Benedita, las risas volvieron a estallar. Esta mujer, comprada casi por nada, iba a enfrentarse a hombres entrenados. Nadie la tomaba en serio.

Sin embargo, Joaquim pagó la cuota de inscripción con sus últimos centavos.

El primer combate fue contra Benedita, un carnicero de Barra Mansa, un hombre de 120 kg con cuello grueso y puños fuertes. El público apostaba por él.

Benedita entró descalzo, vestido con pantalones de lino y una camisa blanca atada a la cintura. Sin guantes, sin protección. Solo su cuerpo, su técnica y la furia de toda una vida.

La carnicera atacó. Ella esquivó el golpe, giró el cuerpo y le clavó un gancho en las costillas. El sonido del hueso al romperse resonó. El hombre cayó de rodillas, sin poder respirar

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