Tres años después de nuestro divorcio, mi exesposa me llamó con un “regalo

—¿Por qué no me lo dijiste? —susurró, mirando a Mariana con dolor—. ¿Por qué me dejaste fuera de esto?

Mariana bajó la cabeza. Sus dedos acariciaban el cabello de Mateo.

—El día que firmamos el divorcio, aún no sabía que estaba embarazada. Me enteré casi un mes después. Te llamé varias veces, pero nunca contestaste. Fui a tu departamento, pero el portero me dijo que habías salido con otra mujer. Después supe por tus propios amigos que seguías con tu vida, que no querías saber nada de mí.

Alejandro cerró los ojos, aplastado por la culpa.

—Mariana…

—Estaba cansada, Alejandro. Estaba herida. Tenía miedo de que pensaras que usaba al bebé para retenerte. Así que decidí criar a Mateo sola.

Él se cubrió el rostro con ambas manos. Las lágrimas se deslizaban entre sus dedos.

—Fui un cobarde —dijo con la voz entrecortada—. Creí que irme era la forma más fácil de dejar de sufrir, pero solo huía. De ti, de mí mismo, de todo lo que no supe proteger.

Mariana permaneció en silencio, con la mirada puesta en Mateo, que seguía observando a Alejandro con curiosidad.

El niño volvió a extender los brazos hacia él.

—¿Quieres cargarlo? —preguntó ella en voz baja.

Alejandro levantó la mirada, tembloroso.

—¿Puedo?

Mariana asintió.

Cuando Mateo se acomodó en sus brazos, Alejandro entendió que el peso del niño no era solo el de un pequeño cuerpo. Llevaba consigo tres años de ausencia, una familia fracturada, un amor que había sido sepultado antes de que tuviera oportunidad de crecer.

Mateo se apretó contra su pecho como si ese espacio siempre hubiera estado destinado para él.

—Papá —repitió el niño, esta vez con más claridad.

Alejandro se derrumbó por completo.

No importaba que los demás en el café los miraran. No importaba el traje a medida, el trabajo pendiente en su escritorio, ni la existencia vacía que había construido para convencerse de que estaba bien.

Sostuvo a su hijo cerca, pero con suavidad, como quien sostiene algo que teme que pueda desaparecer.

—Perdóname, hijo —susurró—. Perdóname por llegar tarde.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *