Cinco años le limpié el cuerpo, le cambié sondas y le di de com
Cinco años dormí con un ojo abierto por si se ahogaba, por si le dolía algo, por si necesitaba que lo volteara en la cama a las tres de la mañana.
Cinco años oliendo a alcohol, pomada, cloro y caldo de pollo.
Cinco años creyendo que eso era amor.
Hasta que lo escuché.
Yo me llamo Brenda.
Tenía veintinueve cuando Esteban quedó paralítico después de un accidente en la carretera a Cuernavaca.
Éramos recién casados.
Yo todavía usaba vestidos pegados, perfume caro y sueños tontos.
Después del choque, mi vida se volvió una cama de hospital en la sala.
Aprendí a cargarlo.
A bañarlo.
A cambiarle pañales.
A pelearme con el IMSS.
A sonreír cuando él aventaba el plato porque “la sopa estaba fría”.
Todos me decían:
—Qué buena esposa eres, Brenda.
Y yo me lo creía.
Porque cuando una mujer ama, a veces confunde sacrificio con condena.
Esa mañana fui por conchas a La Esperanza.
De vainilla.
Sus favoritas.
Me levanté a las cinco, hice fila, las compré calientitas y me fui al centro de rehabilitación.
Quería darle una sorpresa.
Qué ridícula fui.
Al llegar, lo vi en el patio, sentado en su silla de ruedas, hablando con un hombre que yo no conocía.
Me detuve detrás de una columna para arreglarme el cabello.
Entonces escuché su risa.
Una risa limpia.
Fuerte.
Cruel.
—No, compadre, yo ya gané —dijo Esteban—. Brenda es enfermera, sirvienta, cocinera y chofer… todo gratis.
Sentí que la bolsa de pan se me resbalaba de las manos.
El otro hombre se rió.
Esteban siguió:
—Está tan traumada con lo de “en la salud y en la enfermedad” que no se va a ir nunca. La tengo bien amarrada. Salud
Me quedé sin aire.
—¿Y la herencia? —preguntó el hombre.
Esteban soltó otra carcajada.
—Todo para mi hijo, obvio. Para Tomás. Es mi sangre. Brenda solo está cuidando la casa hasta que yo me muera.
Mi pecho se partió.
Tomás.
Su hijo de otro matrimonio.
El mismo que entraba a mi casa sin saludar.
El mismo que dejaba platos sucios y me decía “señora” como si yo fuera empleada.
El mismo por quien Esteban me pedía paciencia.
—Le afectó verme así, Brenda.
Mentira.
A los dos les convenía verme agachada.
Esteban volvió a hablar:
—Además, mientras ella me limpia el trasero, yo no gasto ni un peso. ¿Tú sabes cuánto cobra una enfermera de planta?
El hombre respondió:
—Un dineral.
—Pues yo la tengo por comida y techo.
Ahí murió algo en mí.
No lloré.
No entré a gritar.
No le aventé las conchas en la cara.
Solo di media vuelta y salí del hospital con las piernas temblando.
En el estacionamiento me senté dentro del coche.
Apreté el volante hasta que me dolieron los dedos.
Y dije bajito:
—Se acabó.
Esa noche no fui por él.
Mandé la ambulancia.
Cuando llegó a la casa, me miró molesto desde la camilla.
—¿Dónde estabas? Te estuve esperando.
—Ocupada.
Frunció el ceño.
—¿Trajiste mi pan?
Lo miré.
Por primera vez en cinco años lo miré de verdad.
Ya no vi al hombre enfermo.
Vi al monstruo cómodo.
—Se me olvidó.
Su cara cambió.
—¿Cómo que se te olvidó?
No contesté.
Le acomodé la almohada.
Le tapé las piernas.
Le di sus pastillas.
Hice todo igual.
Pero por dentro ya no era la misma.
Al día siguiente empecé.
Primero revisé los papeles.
Facturas.
Cuentas.
Escrituras.
Recibos.
Contratos.
Todo lo que él pensaba que yo no entendía porque “solo servía para cuidarlo”.
Encontré cosas.
Muchas.
Un seguro de vida.
Una cuenta oculta.
Un testamento donde mi nombre no aparecía ni por error.
Y una carpeta con el nombre de Tomás.
Adentro había depósitos.
Mensuales.
Grandes.
Mientras yo contaba pesos para comprar gas, Esteban le mandaba dinero a su hijo para que se comprara motos, tenis y viajes a Cancún.
Me reí.
Una risa seca.