Hace unos años, durante un crudo invierno, Salma era una chica sencilla que vivía con su madre enferma en una pequeña habitación a las afueras del pueblo. Su salario, apenas suficiente para comida y medicinas, provenía del trabajo de Salma en una fábrica de costura.
Una noche gélida, la salud de su madre empeoró repentinamente. Temblaba, respiraba con dificultad y tenía los ojos entrecerrados. Con manos temblorosas, Salma agarró el teléfono e intentó llamar a una ambulancia… pero su cuenta estaba dañada.
Salió corriendo a la calle, bajo una lluvia torrencial y un frío penetrante. Corrió y gritó pidiendo ayuda, pero la calle estaba casi vacía. Los minutos parecían horas.
Vio un coche que se acercaba y, a pesar del peligro, se detuvo en medio de la carretera. El conductor tuvo dificultades para frenar. Un hombre de unos cuarenta años se bajó. Al principio parecía dudar, pero al ver el estado de Salma, accedió a acompañarla.