Benedita, la luchadora de Vassouras

odos se rieron cuando un granjero pagó solo siete centavos por una mujer de casi dos metros de altura, a quien otros compradores consideraban inútil. Se decía que ningún trabajo le convenía, que su fuerza estaba mal empleada y que solo le acarrearía pérdidas.

Pero Joaquim Lacerda no la veía como los demás. Donde los compradores veían un problema, él parecía ver algo más: una fuerza bruta, aún sin rumbo, pero capaz de convertirse en un arma.

Esta mujer se llamaba Benedita. Y esta venta, que supondría otra humillación más, cambiaría su destino.

Un mercado de esclavos en Vassouras, 1857
La escena transcurre en febrero de 1857 en la plaza central de Vassouras, en el interior de Río de Janeiro. El Valle del Paraíba vivía entonces al ritmo del café, el polvo, el calor y la violencia de un sistema basado en la esclavitud.

Esa mañana, hombres, mujeres y niños fueron exhibidos sobre una plataforma de madera, tratados como ganado ante los ojos de los compradores. El subastador, un hombre gordo con un bigote curvo y una voz potente, anunciaba cada lote con la energía de un comerciante seguro de sus mercancías.

Cuando llegó el turno de Benedita, se hizo el silencio. No por admiración, sino por preocupación.

Ella medía alrededor de seis pies de altura, tal vez más. Él tenía los hombros anchos, las manos enormes y los pies descalzos habían dejado profundas marcas en la madera del andén. Sus ropas desgarradas de algodón crudo apenas cubrían su cuerpo anguloso, marcado por el hambre, el trabajo forzado y las cicatrices.

Su cabello negro estaba rapado al cero. Sus ojos oscuros no se posaban en nadie. Parecían contemplar un horizonte invisible, como si ya existiera en algún otro lugar.

El subastador anunció su nombre, edad y procedencia: Benedita, de veintitrés años, de Recôncavo baiano. Fuerte como un toro, pero considerada indomable. Ya la habían enviado a cuatro fincas. Ningún capataz, según se decía, había logrado domarla.

Nadie la quería.

Los precios bajaron. Cinco reis, tres reis, dos reis, un reis. Todavía nada.

Entonces, una voz grave se alzó desde el fondo de la plaza:

“Siete centavos.”

Joaquim Lacerda, el hombre que vive algo diferente

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