PARTE 1
“¿Cómo que doña Matilde no me dejó nada?”
La voz de Iván salió quebrada, pero en la oficina del notario retumbó como un reclamo que todos estaban esperando.
Frente a él, Claudia, la sobrina de doña Matilde, cruzó las piernas con una sonrisa chiquita, de esas que duelen más que un insulto. Traía lentes oscuros sobre la cabeza, uñas perfectas y perfume caro, aunque en el velorio no había soltado ni una lágrima.
El licenciado Arriaga respiró hondo y siguió leyendo.
“La propiedad ubicada en la colonia Santa Tere será donada al asilo Casa del Sol. Los ahorros personales serán destinados a la parroquia de Nuestra Señora del Refugio y a programas de apoyo para mujeres mayores.”
Iván sintió que el piso se le movía.
Durante casi 3 años había cuidado a esa señora de 85 años.
Le compraba medicinas.
La llevaba al Seguro.
Le cambiaba el garrafón, le arreglaba la regadera, le preparaba té cuando le dolían los huesos.
Y ella se lo había repetido muchas veces:
“Cuando yo me vaya, mijo, lo poquito que tengo va a ser para ti. Tú sí te quedaste.”
El notario pasó la última hoja.
“A la señora Claudia Salcedo le corresponden las joyas familiares, vajillas, cuadros y artículos personales.”