Tras mi divorcio, descubrí que estaba embarazada de trillizos. Programé la cirugía… Pero en cuanto me acosté en la mesa de operaciones, un hombre poderoso apareció repentinamente a mi lado…

Mujeres embarazadas caminaban lentamente por el pasillo, sostenidas por sus maridos.

Algunas sonreían mientras acariciaban suavemente sus vientres. Otras lloraban en silencio al contemplar las imágenes de la ecografía, llenas de esperanza.

“Elena, mira… tiene los ojos de tu padre”.

“No, esa nariz es definitivamente tuya”.

Esas voces suaves y alegres se sentían como pequeñas agujas atravesando el corazón de Elena Morales una y otra vez.

Bajó la mirada y apretó con fuerza el informe de la ecografía que tenía en las manos.

En aquel frío papel blanco, las palabras eran claras:

Trillizos. Dieciséis semanas.

Elena se quedó inmóvil frente a la sala de maternidad durante casi un minuto. Luego, sin decir palabra, guardó el papel en su bolso desgastado y se marchó.

Dentro del ascensor, una joven pareja discutía dónde comprar un cochecito: si comprarlo localmente o importarlo.

“Compremos el más seguro”, dijo el marido sonriendo. “El precio no importa”.

Su esposa rió suavemente. «Siempre te pasas de la raya».

Elena miró fijamente los números del piso que parpadeaban sobre la puerta.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

Pero se negó a llorar.

No allí.

No entre gente feliz.

Afuera, el calor de julio de la Ciudad de México la golpeó de inmediato.

El tráfico avanzaba lentamente por la avenida. Las bocinas sonaban. Los vendedores ambulantes gritaban. El aire se sentía pesado, sofocante.

Elena pidió que la recogieran.

Su teléfono vibró.

 

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