PARTE 2: Desperté entre luces blancas, olor a hospital y un dolor que parecía partirme en dos. No podía moverme bien. Tenía la garganta seca y el cuerpo lleno de tubos.
Lo primero que hice fue tocarme el vientre.
No estaba.
Un sonido se me atoró en el pecho. No fue grito. Fue algo peor. Un hueco.
—Tranquila, señora Mariana —dijo una enfermera joven, acercándose rápido—. Su bebé está en cuidados neonatales. Está delicado, pero vivo.
Vivo.
Esa palabra me sostuvo.
Quise preguntar por Diego, pero la puerta se abrió antes. Doña Rebeca entró vestida de blanco, con lentes oscuros y un rosario en la mano, como si viniera saliendo de misa y no de haberme lanzado por una escalera.
La enfermera se puso rígida.
—Necesita descansar —dijo.
—Soy su familia —respondió mi suegra, con esa voz de señora importante que acostumbraba usar para que todos obedecieran.
Se acercó a mi cama, sonrió para la enfermera y me acomodó la sábana como si me cuidara.
Pero cuando la enfermera salió, su sonrisa murió.
—Escúchame bien —susurró—. Si dices una sola palabra, van a decir que estabas deprimida, que perdiste el equilibrio, que inventas cosas por la anestesia. Ya hablé con el director del hospital.
Sentí miedo, sí. Pero también algo nuevo. Una rabia dura, limpia.
—Diego me va a creer —dije con la poca voz que tenía.
Ella soltó una carcajada bajita.
—Diego cree lo que yo le permito creer.
Sacó su celular. Alcancé a ver un chat abierto. El nombre decía “Valeria I.” y el mensaje, aunque lo ocultó rápido, se me clavó como cuchillo: “Pronto quedará libre. La transición debe verse elegante.”
Yo no dije nada. Fingí cerrar los ojos.
Cuando se fue, la enfermera regresó. Se llamaba Lupita. Me dio agua con popote y, sin mirarme directamente, dejó una bolsita transparente dentro del cajón de mi buró.
—Se le cayó esto a la señora cuando entró corriendo al quirófano —murmuró—. No sé si sea importante.
Era un arete de perla con una gota seca de sangre en el broche.