El jefe de la mafia fingió ser ciego para poner a prueba a sus empleados; solo una criada se atrevió a mirarlo directamente a los ojos.
PARTE 1: EL REY CIEGO DE LAS LOMAS
La sangre manchaba el mármol blanco de la mansión Santillán, en Las Lomas de Chapultepec. Pero no fue una bala la que puso de rodillas a Leonardo Santillán, el hombre más temido del bajo mundo mexicano. Fue una mentira calculada.
Tres días antes, su camioneta blindada había sido atacada saliendo de un restaurante en Polanco. Los periódicos hablaron de un atentado brutal. Los médicos, sobornados con millones, firmaron un diagnóstico falso: Leonardo había perdido la vista para siempre.
Cuando volvió a su mansión, apoyado en un bastón blanco y con lentes negros cubriéndole los ojos, todo el personal formó una fila rígida en el vestíbulo. A su lado caminaba Damián Rocha, su mano derecha desde la juventud, el hombre que decía quererlo como a un hermano.
—Bienvenido a casa, patrón —dijo Doña Águeda, la ama de llaves, con una voz temblorosa que sonaba más a teatro que a pena.
Leonardo no respondió de inmediato. Detrás de sus lentes oscuros, sus ojos grises recorrían cada rostro. Vio miedo, lástima, burla… y ambición.
Él no estaba ciego.